10 años de The Wire

Este mes de junio se cumplen 10 años del inicio de la emisión en el canal por cable norteamericano HBO de la mítica serie The Wire, que se mantuvo en antena hasta el mes de marzo de 2008 durante cinco extraordinarias temporadas.

Pocos podían pensar ese 2 de junio de 2002 que esta, a priori, típica serie policiaca acabaría convirtiéndose en lo que muchos expertos han venido a denominar como la obra culmen del lenguaje televisivo moderno, elevándola a la categoría de literatura audiovisual.

Pero es evidente que esta serie era muy diferente a todo lo que habíamos visto hasta entonces y estaba realmente muy lejos de otras series míticas de los ochenta como Canción triste de Hill Street, por poner un ejemplo recurrente. The Wire era una serie moderna, empezando por su ubicación, en la ciudad de Baltimore, ciudad industrial venida a menos sin un skyline característico ni ningún tipo de gancho para el espectador. Y también por su estructura narrativa: cada temporada trataba un tema distinto con nuevos personajes y en escenarios diferentes, pero aun y así conservando una misma línea argumental durante sus cinco temporadas. Un equilibrio narrativo sorprendente y a la vez refrescante que acaba componiendo una visión global de los turbios negocios y la corrupción que rodean a la ciudad de Baltimore, desde el yonki más pordiosero de las barriadas negras al mismísimo alcalde, un retrato transversal extraordinario de las miserias humanas del mundo moderno.

Todo esto es posible gracias a la principal virtud de esta serie, que debemos a su creador David Simon, la autenticidad. The Wire supura realidad por los cuatro costados. Como si de un docudrama se tratara, todos los personajes que aparecen en la serie resultan absolutamente creíbles, como si los traficantes fueran en realidad traficantes (lo cierto es que algunos lo eran), como si los policías (ese orondo y extraordinario Bunk) fueran realmente “zampabollos”, como si la ayudante del fiscal trabajara en su oficina al salir del rodaje. Digamos que el lado de la ley se nos presenta tal como es, endémicamente corruptible pero a la vez honrado en sus duros quehaceres diarios. Ni blanco ni negro, más bien gris, pero de un gris tirando a oscuro.

¿Y qué hay del otro lado de la ley? ¡Ah!, ahí hemos de reconocer que David Simon hizo un trabajo maravilloso. Como en el caso más emblemático y que ya ha pasado a la historia de la ficción televisión, el gran Omar Little, ese fascinante pistolero de barrio gay con camiseta de tirantes, pañuelo en la cabeza y recortada en mano. O quizás mi preferido, Stringer Bell, traficante por la mañana, estudiante de Economía por las tardes. Un mundo del hampa con nombres y apellidos, con vidas, con inteligencia y con un cierto grado de fatalidad congénita y cultural.

Durante sus cinco temporadas recorremos los barrios más conflictivos de Baltimore infestados de drogas y degradación, nos sumergimos en la increíble corrupción que rodea el contrabando de mercancías tolerado por los sindicatos de estibadores, descubrimos todos los tejemanejes que se esconden tras la política municipal, radiografiamos el fracaso educativo (que no escolar) que salpica a la educación pública en Estados Unidos, para terminar en la redacción del The Sun comprobando como hasta el último plumilla de la ciudad participa de todo este entramado pestilente. Pero en medio de esta corrupción sistémica hay vida, amor, odios, diversión, tristeza. Realidad al fin al cabo.

En definitiva una maravilla que nadie debería perderse.

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  1. andresrguez dice:

    El personaje de Omar y Bunk, son magníficos.

    Omar impone miedo allá por donde va. El Robin Hood que roba a los traficantes, que sólo con mencionar su nombre todos se asustan y que en cuanto aparece por una calle, se vacía. Lástima que acabara como acaba.

    Bunk, es el poli zampabollos y borracho, pero es el poli que intenta hacerlo bien y se encuentra ante la muralla burocrática. La escena de los Fuck… es gloriosa.

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  2. AKA dice:

    Nota mental después de leer tu post: ver esta serie de una vez!!!

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