Cellers, las catedrales del vino catalán

A mediados del siglo XIX una plaga espantosa asoló los viñedos de Francia, la filoxera. Una desgracia espantosa que dejó al principal terruño exportador de vino de Europa yermo como un desierto. Esta fatalidad pero, resultó un golpe inesperado de suerte para el campo catalán, acostumbrado a la autoconsumo interior y con unas estructuras económicas y sociales aún muy anticuadas. La llegada feroz del capitalismo hizo crecer exponencialmente el número de hectáreas dedicadas a la viña, al tiempo que la oferta europea crecía y crecía sin parar.

En pocos años Catalunya se convirtió en la bodega de Francia y buena parte de Europa del norte, ahora también azotada por la filoxera. Las exportaciones crecieron beneficiando a los grandes propietarios y a una burguesía en alza que pudo obtener cuantiosos beneficios con un comercio internacional cada vez más globalizado. Pero justo en pleno boom vitícola la terrible plaga de la filoxera llegó también a los campos catalanes hacia los años 80 del siglo XIX.

Bruscamente se terminó la fiesta y los grandes propietarios, acostumbrados a ingentes ganancias intentaron mitigar este descenso bajando los sueldos de los jornaleros, muchos de los cuales se quedan sin trabajo. La crisis asoló el campo en el peor momento de depresión económica y social en España con la pérdida de las colonias de ultramar como puntilla final en pleno cambio de siglo.

Pero a principios del siglo XX surgió un nuevo movimento social y económico en el campo catalán, principalmente en la zona vinícola del sur de Tarragona (Conca de Barberà y Priorat), el cooperativismo. Siguiendo el espíritu renovador del comunismo pero también las innovaciones tecnológicas y artísticas del Modernismo se creó en Barberà de la Conca en 1894 la primera cooperativa agrícola formada por payeses propietarios y jornaleros. Un fenómeno de gran éxito que se extendería por toda Catalunya en los años siguientes.

El cooperativismo permitió el desarrollo de las nuevas tecnologías llegadas de ultramar, aplicadas a la industrialización de la producción del vino. La unión de fuerzas entre las diferentes cooperativas ayudó a superar la grave crisis en la que estaban inmersas las bodegas catalanas y facilitó la difusión del conocimiento entre ellas.

Gracias al impulsó de la Mancomunitat, la primera institución de autogobierno en más de 200 años en Catalunya, las nuevas cooperativas acometieron entre 1918 y 1922 una extraordinaria sucesión de obras arquitectónicas dedicadas a la producción de vino, los cellers o catedrales del vino. Eran estructuras modernas adaptadas a las nuevas técnicas de producción de vino y financiadas por las propias cooperativas.

Arquitectónicamente se aprovecharon de los últimos coletazos del Modernismo catalán que bebía de Antoni Gaudí y Domènech i Montaner para construir auténticos monumentos del vino que competían en los pueblos en majestuosidad con las iglesias. Desarrollados en mayor parte por el arquitecto Cèsar Martinell, supieron conjugar la tradición y la adaptación al paisaje junto a un diseño vanguardista y una reorganización de los espacios productivos.

Obras de gran vistosidad, conjugaban una construcción económica realizada con productos y técnicas tradicionales (como la famosa volta catalana) con aspectos decorativos deudores del Modernismo y el Noucentismo. Incorporaron sus características naves de gran tamaño y luminosidad, depósitos enterrados que interrumpían la irrupción del calor durante la fermentación y la ventilación para facilitar la salida del ácido carbónico.

Pero estas no fueron solo las únicas grandes innovaciones que introdujeron los sindicatos agrícolas a la sociedad rural catalana. Gracias a la unión de fuerzas entre los agricultores se pudieron financiar también la construcción de escuelas laicas, locales sociales, centros de atención sanitaria y una nueva regulación del mercado laboral.

Por desgracia el advenimiento de la dictadura de Franco acabó con muchas de estas cooperativas gracias a las medidas represivas derivadas de la Ley de  Confiscación de Bienes Marxistas de 1939. Sin embargo hoy todavía conservamos la herencia de esas magníficas catedrales del vino que mantienen vivo el espíritu de las cooperativas agrícolas, renacidas y aún en funcionamiento.

Caixaforum de Barcelona organiza una exposición hasta el 14 de octubre para descubrir estas maravillosas obras arquitectónicas y toda la herencia social y económica del cooperativismo agrario catalán.

Para saber más:

Quizás también pueda interesarte:

Trackbacks for this post

  1. Cellers, las catedrales del vino catalán
  2. Roy Olmstead, el contrabandista bueno de la Ley Seca | mr. domingo
  3. Breve historia del vidrio | mr. domingo
  4. Jiro, el mejor chef de sushi del mundo | mr. domingo