Juliano el Apóstata, el último emperador pagano

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La leyenda negra de Juliano II, apodado el Apóstata, le condenó durante muchos años al ostracismo y el olvido, como el último emperador pagano de Roma. La realidad histórica es muy diferente. Salvado a última hora de morir a manos de sus primos mayores en una sangrienta masacre fratricida, Juliano se convirtió con los años en filósofo sobresaliente, gran administrador y aguerrido militar. Como liberal y deudor del pasado glorioso de la Roma clásica intentó restaurar el esplendor romano en su breve reinado, primero como César y finalmente como único emperador, permitiendo de nuevo la libertad de culto y reduciendo los privilegios que había adquirido el clero cristiano con Constantino. Esta política religiosa liberal le acabaría costando muy cara.

La relación entre el Cristianismo y el Imperio da inicio tradicionalmente en el año 313, cuando en el contexto de luchas internas tras el fin del sistema tetrártico, los Augustos Constantino y Licinio firman el famoso edicto de Milán, un decreto de tolerancia con los cristianos. La principal finalidad de esta medida era quitarse de encima al tercer Augusto, Maximino Daya, ferviente pagano.

En el año anterior, Constantino había conseguido una victoria mítica ante Majencio, otro de los Augustos, junto al Puente Milvio. La tradición cristiana atribuyó este éxito militar al hecho de que Cristiano mandó grabar, antes de la batalla, el símbolo de la cruz en los escudos de los cristianos. La realidad es que Constantino  no era aún cristiano y que tal signo sólo pudo tener para él un simple carácter mágico.

Despejado el terreno de candidatos augustos, la lucha final por el Imperio se desarrolló desde el 313 hasta el 326, entre Licinio y Constantino, quien, no muy cristianamente, mandó ejecutar a Licinio y a su hijo Liciniano.

 

Constantino quedaba finalmente como único emperador y las posiciones del cristianismo se fueron consolidando. Pero lo cierto es que tanto los sectores más cultos de la sociedad, como la mayoría de la población urbana, y sobre todo rural, practicaban el paganismo monoteísta. El Sol Invicto, tan importante para el desarrollo de las futuras prácticas cristianas, era el Dios del Imperio y a él se dedicaron los rituales en la inauguración de la nueva capital, Constantinopla. La ambigüedad religiosa de Constantino, totalmente calculada, le permitía mantener buenas relaciones con el obispo Osio de Córdoba y a la vez con los filósofos neoplatónicos, férreos enemigos de los cristianos. Tanto las monedas que acuñó como su arco triunfal seguían ateniéndose a las clásicas referencias paganas.

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De todos modos, más allá de las dudas sobre la veracidad de la cristianidad de Constantino, no hay duda de que contribuyó a la cristianización del Imperio con sus medidas. Favoreció durante su reinado a la incipiente Iglesia Cristiana, con edictos tan importantes como el de 319 que liberaba a las iglesias de pagar impuestos por sus bienes (¿les suena de algo?, o el de 321 que permitía la manumisión de esclavos en el interior de las iglesias, y con donaciones directas para la restauración o construcción de nuevas iglesias. En sus últimos años incluso abandonó el título de Invicto y se involucró personalmente en las luchas doctrinales convocando y presidiendo el concilio de Nicea del 325, punto de inicio de la ruptura teológica entre cristianos y arrianos.

Constantino murió el 22 de mayo del 337 en Nicomedia y su intención era perpetuar su legado dejando a los mandos de su Imperio a sus hijos Constantino II, Constancio II y Constante y su sobrino Dalmacio. La realidad fue más distinta y a partir de entonces empezó una matanza fratricida dirigida por los hijos de Constantino de la que apenas quedaron con vida los dos hijos de Julio Constancio, uno de los hermanastros de Constantino, Galo y Juliano. Los hijos de Constantino no tardaron en enzarzarse en nuevas guerras fratricidas hasta quedar únicamente Constancio II como único emperador. Pese a las luchas por el poder, los tres hermanos sí que tuvieron un objetivo claro, acabar con el paganismo que seguía siendo mayoritario entre los senadores, especialmente occidentales. Se ordenó el cierre de templos y se prohibieron rituales públicos paganos además de seguir ampliando las grandes privilegios para el clero cristiano.

Ya como único emperador Constancio II se vio obligado a desplazarse en el 355 a Oriente para frenar la presión de los persas sobre la frontera. En ese momento para atender el conflictivo occidente frente la presión de los alamanes, Constancio recuperó al marginado Juliano como César, no sin antes haberle rodeado de sus hombres de confianza y espías para vigilar sus acciones.

Pese a todos los inconvenientes y con todas las condiciones en contra, Juliano demostró una  gran avidez militar que le granjeó numerosas victorias, y sobre todo, las simpatías del ejército por su trato humano a las tropas. Éstos le proclamaron Augusto en el 360 con lo que Constancio no tuvo más remedio que iniciar una preparación de una gran campaña de castigo con el usurpador. Pero antes de poder emprender la marcha Constancio II enfermó y murió poco después dejando a Juliano como emperador.

Juliano había salvado la vida a los 6 años como trato de favor de Constancio II, que ordenó asesinar a toda su familia. Desde entonces quedó recluido y vigilado en Constantinopla donde recibió una educación cristiana. No fue hasta el 355 cuando se le permitió completar su formación en las escuelas de retórica y filosofía de Atenas, donde se iniciaría en los misterios de Eulensis, uno de los grandes cultos paganos de la época de esplendor del Imperio.

Su forma de gobierno fue revolucionaria, rompiendo radicalmente con la tradición constantina. Redujo considerablemente los gastos del aparato burocrático imperial, eliminando servicios superfluos y lujos del costoso ceremonial de la corte, y limitando el número exagerado de notarios y agentes in rebus, el gravoso sistema de espías potenciado por Constantino.

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Dentro de estas medidas que aligeraban la presión fiscal sobre el conjunto de la población, Juliano suprimió los privilegios que habían ido acumulando el clero cristiano y otros miembros de las altas capas de la sociedad. Este hecho le granjeó la enemistad de historiadores cristianos contemporáneos como Gregorio Nacianceno, y sobre todo, de posteriores que construyeron el mito del terrible emperador pagano.

La realidad es que la conversión al paganismo de Juliano, el Apóstata, hay que inscribirla en el contexto de su época. El emperador filósofo abrazó ya de adulto el paganismo monoteísta dominante en la época, configurado como resultado de la confluencia ideológica del neoplatonismo, de la difusión de las difusiones orientales y otras tendencias monoteístas, como el mismo cristianismo. Este paganismo monoteísta no distaba demasiado del cristianismo e incluso la moral cristiana estaba impregnada por la moral pagana y con el tiempo recogió muchos de sus símbolos y rituales. La divinidad suprema y el Sol eran presentados de manera similar en ambas religiones, como la relación entre Dios Padre y el Hijo. Mientras los “daimones”  paganos ejercían de equivalentes a los dioses del panteón greco-romano, el cristianismo los fue sustituyendo por mártires y santos.

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Ante todo Juliano fue un liberal en la más clara tradición romana clásica. El eje de su política religiosa fue la tolerancia y la libertad de credo. Si bien es cierto que redujo los privilegios de los cristianos, también intentó mantener la paz entre cristianos arrianos y seguidores del credo de Nicea convocando una reunión de obispos en Constantinopla. Lo que hizo fue igualar en derechos y privilegios a todas las religiones y volver a abrir al culto los templos paganos y permitir la celebración de rituales paganos públicos que había prohibido Constancio II.

Más que prohibir, Juliano liberalizó religiosamente el Imperio y esto mismo le convirtió en diana preferida de una comunidad cristiana cada más más dogmática y radicalizada, acomodada en unos privilegios que tras la muerte de Juliano perpetuaría, en algunos casos, hasta nuestros días. La actitud cristiana llevó a Juliano a tomar decisiones más enérgicas que afectaban directamente a los cristianos, como una ley aprobada en el 362 por la que los profesores de gramática, filosofía y retórica, debían recibir la conformidad docente del poder imperial antes de ejercer para asegurarse que mantenían el respeto por la cultura clásica. Además de reprimir a obispos fanáticos como Marcos de Aretusa, condenado a reconstruir el templo pagano que había destruido.

Juliano murió en combate en la primavera del 363 cuando dirigía personalmente un ejército de más de 65.000 hombres en su guerra contra los persas. La historiografía cristiana lo condenaría definitivamente como el último emperador pagano. La realidad fue muy distinta y lo cierto es que su sucesor en occidente Valentiniano I siguió con la libertad de culto que instauró Juliano y permitió un nuevo florecimiento del paganismo en los medios cultos de Occidente y el retorno a los autores clásicos. La presión del más cristianizado y pujante oriente imperial acabaría decantando la balanza hacía el cristianismo con el devenir de los años y haciendo caer en el olvido al denominado “último emperador pagano”.

Quede como corolario final esta frase del conocido poeta cristiano, contemporáneo de Juliano, Prudencio: “Juliano fue un jefe de armas valeroso, un legislador, célebre por sus discursos y por sus actos, alguien que se preocupó por el bienestar de su país, pero no por mantener la religión verdadera”.

Bibliografía:

  • Historia Universal: Edad Antigua. Roma“, Julio Mangas (Vicens Vives, 2006)
  • Historia de la cristandad“, Diarmand Mac Culloch (Debate, 2011)

 

 

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