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  • El barrio de Sherpur, los nuevos ricos de Afganistán



    Hace poco Barack Obama, el presidente de Estados Unidos, anunció un plan de retirada de las tropas estadounidenses del territorio afgano en los próximos años. Diez años después de la invasión de este escarpado país asiático en busca de Osama Bin Laden, la gran potencia mundial dejará un país en pleno proceso de transformación pero con unas deficiencias políticas, sociales y económicas que están llegando a un nivel insalvable.

    El gobierno del presidente Karzai está enfangado hasta las rodillas de casos de corrupción, miles de funcionarios desde políticos hasta militares se han llenado los bolsillos con los miles de millones de dólares en ayudas que han ido llegando en estos diez años posteriores a la ocupación internacional del país. A todo ello hemos de sumar el opaco y endémico negocio de la heroína, del que Afganistán forma parte activa a nivel internacional al ser el principal productor de opio del mundo. Un negocio que mueve millones de euros en los subterráneos financieros de la nueva Kabul (se habla de más de 4.000 millones de dólares al año, la misma cantidad que llega al país como ayuda internacional) y del que se benefician numerosos cargos públicos que han iniciado un tren de vida indecente en medio de una población que sigue viviendo en la indigencia.

    El caso más paradigmático de este negocio de la corrupción es el ostentoso barrio de Sherpur, en la capital, Kabul. Antes de la invasión norteamericana era una paupérrima colina ocupada por unas pocas casas y transitada por burros de carga y destartalados carros, hoy jalonan sus polvorientas calles grandes palacios con todas las comodidades occidentales y circulan por ellas los últimos modelos de todoterrenos japoneses en medio de grandes medidas de seguridad.



    A estas increíbles mansiones se las denomina las “casas amapola” en referencia a su más que segura relación con el tráfico de heroína. Sus propietarios, que pagaron en su momento entre 400.000 y 600.000 dólares (una absoluta monstruosidad en un país tan pobre como Afganistán), son funcionarios y cargos electos vinculados al gobierno del presidente Karzai. A modo de ejemplo, el jefe de la policía de Kabul, Mahamed Ayob Salangi, es propietario de una enorme mansión que alquila por el módico precio de 11.000 euros al mes. No hace falta decir que los sueldos de estos funcionarios no les permitirían ni por asomo acceder a tamaños dispendios. Sirva como referencia que el mismo presidente Karzai tienen un sueldo asignado de unos 600 euros al mes.

    Las lujosas mansiones de Sharpur son el más claro ejemplo del saqueo al que han sometido los corruptos políticos afganos a su país, apoderándose del dinero que envía en ayudas la comunidad internacional, que no hemos de olvidar que sale de nuestros propios bolsillos. Pero lo más grave no es tanto que se estén quedando nuestro dinero sino que con esta vil actitud están impidiendo que se lleven a cabo las imprescindibles tareas de reconstrucción que necesita el país para salir adelante y poder afianzar la tan demandada democracia.



    El cáncer de la corrupción se ha intricando de tal manera en la cultura del país que ocupa hasta el más mínimo recoveco de la vida diaria. Desde las grandes obras de ingeniería que se llevan a cabo por empresas fantasma que se quedan parte de la inversión en detrimento de la calidad de los materiales, hasta el policía de turno que exige una compensación por retirar una multa, toda una extensa escala de sobornos y corrupción salpica la vida económica del país. Tanto es así que Transparency International, una organización alemana experta en corrupción que elabora anualmente una lista con los países más honestos del mundo coloca a Afganistán en el puesto 176º de los 180 países analizados en 2009. En 2008, un sondeo de Integrity Watch Afghanistan constató que una familia normal paga cerca de cien dólares al año en sobornos, todo ello en un país donde más de la mitad de la población sobrevive con menos de un dólar al día.

    El más temible resultado de todos estos casos de corrupción es la constante pérdida de credibilidad del gobierno de Karzai que está fortaleciendo indirectamente el resurgir de los talibanes. Son muchos ya los afganos que empiezan a mirar con añoranza la férrea actitud de los talibanes en la vida económica del país antes de la invasión. Lo que pueda pasar tras el abandono del país por parte de las tropas internacionales es toda una incógnita, aunque el futuro no parece muy halagüeño para los afganos.

    Imprescindible revisar este documental:

    http://www.megavideo.com/v/IPW8B00Led4023778ffb6f66fbe23a744638d5b0

    Para saber más: