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  • Colaboracionistas: mujeres sin perdón



    Leyendo el libro “El día D: La batalla de Normandía” de Antony Beevor, me he topado con un pasaje muy interesante que describe la sed de venganza que recorrió Francia tras la liberación, los escandalosos casos de furibunda represión contra mujeres que durante la ocupación habían estado con alemanes, en muchos casos empujadas más por el hambre que por un acto consciente de traición a la patria.

    Irremediablemente este pasaje me recordó una fantástica foto del gran Henri Cartier-Bresson. Su título, “Liberación de los campos de concentración, Dessau 1945″, no tiene, en un principio, mucha relación con el caso de las mujeres francesas, pero su imagen me trasladó a un momento histórico de compleja gestión de la moralidad y la humanidad. En la guerra, la comprensión resulta complicada, la venganza fácil y el rencor hace que el resquemor y la acritud subsistan en el ambiente, dificultando la cicatrización de las heridas. En todo caso, es un ejemplo más de las barbaridades de la guerra, hoy, 65 años después del desastre de Hiroshima, otro injustificable ejemplo de crueldad, más allá de todos los crímenes que pudieron cometer los japoneses, que fueron muchos.

    A continuación reproduzco el pasaje en cuestión:

    Los franceses y las tropas aliadas se sintieron asqueados por el trato dispensado a las mujeres acusadas de collaboration horizontale con los soldados alemanes. Algunas víctimas eran prostitutas que habían ejercido su oficio tanto con alemanes como con franceses. Otras eran chicas un poco simples que se habían relacionado con los soldados alemanes por simples bravatas o por aburrimiento. Muchas más eran madres jóvenes, cuyos maridos estaban en campos de prisioneros de guerra alemanes. Carentes a menudo de medios de subsistencia, su única esperanza de conseguir comida para ellas y sus hijos durante aquellos años de hambruna había sido aceptar la relación con un soldado alemán. Como observaba el escritor alemán Ernst Jünger desde el lujosos ambiente del restaurante parisino La Tour d’Argent, “la comida es poder”.

    Tras la humillación que suponía que les afeitaran la cabeza en público, las tondues -las “rapadas” o “pelonas”- solían ser obligadas a desfilar por las calles, a veces al son de un tambor, como si Francia reviviera la Revolución de 1789. Algunas eran untadas de alquitrán, otras iban medio desnudas y algunas les pintaban la cruz gamada por todo el cuerpo. En Bayeux, el secretario de Churchill, Jock Colville, registró su reacción ante este tipo de escena. “Vi pasar un camión descubierto, acompañado del griterío y los silbidos del populacho, en cuya trasera iban unas diez desgraciadas a las que habían afeitado la cabeza. Las pobres mujeres iban llorando, con la cabeza gacha, avergonzadas. A pesar de sentirme asqueado por tanta crueldad, pensé que los británicos no habíamos conocido ningún tipo de invasión ni ocupación durante casi 900 años. Por consiguiente, no éramos los mejores para juzgar a nadie”. El historiador americano Forrest Pogue observa a propósito de las víctimas que “su aspecto, en manos de sus sayones, era el de un animal acosado”. El coronel McHugh, cerca de Argentan, comunicó: “Los franceses hacían redadas buscando colaboracionistas, les cortaban el pelo, hacían con él montones y lo quemaban, de modo que el olor se sentía a varios kilómetros de distancia. Las colaboracionistas eran castigadas además a una especie de carreras de baquetas, en la que les propinaban una buena paliza”.

    Era, en efecto, “un carnaval feo”, como lo define cierto escritor, pero respondía a un modelo establecido poco después del Día D. En cuanto una ciudad, una población de tamaño medio, o incluso una aldea pequeña era liberada por los aliados, los esquiladores se ponían manos a la obra. A  mediados de junio, el primer día de mercado después de la toma de Carentan por la 101.ª División Aereotransportada, una docena de mujeres fueron rapadas en público. En Cherburgo, el 14 de julio, un cargamento de mujeres jóvenes, en su mayoría adolescentes, fueron paseadas por las calles en un camión. En Villedieu, una de las víctimas fue una mujer que simplemente había trabajado como limpiadora en la Kommandantur. Sólo en el departamento de Manche, 621 mujeres fueron arrestadas bajo la acusación de collaboration sentimentale. En otros lugares, a algunos hombres que habían trabajado voluntariamente en fábricas alemanas, también les afeitaron la cabeza, pero aquello solía ser una excepción. Las mujeres eran casi siempre el primer objetivo. Era envidia disfrazada de ofensa moral. La envidia la provocaba la comida que habían recibido como consecuencia de su actuación. Sencillamente, aquellas jóvenes eran el chivo expiatorio más fácil y más vulnerable, en particular para los hombres que deseaban ocultar su falta de credenciales en la Resistencia.

    * “El Día D: La batalla de Normadía“, Antony Beevor. Crítica, 2009 (págs. 563-565).

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