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  • Brummel, el rey de la elegancia



    Cuando vemos la palabra Brummel lo primero que nos viene a la cabeza es el perfume viejuno de la firma Puig, todo un clásico de los 80s y la antítesis de la elegancia. Pero tal como reza la promo del producto en su web, Puig se inspiró en 1975 en el caballero inglés Georges Brummel para diseñar esta fragancia que considera que “recoge el espíritu seductor y la elegancia masculina, habiendo sabido posicionarse y mantenerse a lo largo del tiempo como la fragancia clásica del hombre maduro“. No lo dudamos.

    Pero, ¿quién fue Georges Brummel? Estos días leyendo la fantástica nueva edición del clásico “Tratado de la vida elegante” de Honoré de Balzac (Impedimenta, 2011) encontré la respuesta. Georges Brummel fue un caballero inglés de principios del siglo XIX que destacó sobremanera en la elegancia del vestir y el buen gusto, no en vano le llamaban Beau Brummel (el bello Brummel). Nieto de tenderos, su padre fue secretario privado de Lord North y, después, gobernador de Berkshire, cargo que le permitió amasar una importante fortuna. Así su hijo Georges pudo estudiar en la elitista escuela de Eton donde tuvo la suerte de coincidir con el Principe de Gales, el futuro Jorge IV, todo un dandy como él y amante también de los lujos y la moda. Se hicieron íntimos y el futuro Jorge IV le abrió las puertas de la refinada corte de Londres donde Brummel cautivó a los estirados aristócratas de la época fascinados por la elegancia y belleza de este caballero.



    Con 21 años falleció su padre y Georges heredó toda su fortuna, ni más ni menos que 30.000 libras, que a lo largo de los próximos años derrocharía a un ritmo frenético en toda clase de lujos y ropa elegante, por supuesto. Brummel se convirtió a principios del siglo XIX en el árbitro de la moda de la Inglaterra de la Regencia, donde ejerció de ministro de la moda y el gusto junto a su adorado Jorge IV. En esos años de grandeza se le adjudica la creación del traje moderno de caballero con corbata (era un maestro anudándose esta prenda) que rije la etiqueta desde entonces en todo el mundo.

    Dotado de una afilada lengua, a veces ofensiva, se convirtió en el modelo a seguir en la corte, donde dictaba modas y reprimía sin dudarlo, al rey incluido, a quien, según él, no vistiese elegante. Pero lejos de la estridencia, aborrecía los colores histéricos y las prendas artificiosas, su ideal en el arte de la elegancia consistía en pasar notoriamente desapercibido (“conspicuosly incospicuous”). A diferencia de la mayoría de sus congéneres, Brummel abogó por la higiene personal, y como Cleopatra, se dice que se bañaba cada día en una bañera llena de leche.

    Pero como era de esperar, su excesiva vanidad y poca delicadeza en el trato con la aristocracia de la época le fue granjeando enemigos al tiempo que su fortuna se iba dilapidando en centenares de vestidos, zapatos, corbatas, vinos, etc. En uno de sus ataques de impertinencia, el rey Jorge IV, un ser egocéntrico, manirroto, obeso y desequilibrado mental y físicamente, acabó por aborrecerlo. Perdido el favor del rey y esfumada su fortuna, los acreedores le acorralaron y se vio obligado a huir a Calais en 1816.

    En Francia sin apenas dinero acabó yendo a la cárcel e intentó seguir con su afamado ritmo de vida pero cada vez le quedaba menos cordura. Acabó sus días en una pensión de mala muerte, vestido con harapos y simulando en su mente enferma las grandes comilonas que ofrecía a sus imaginarios comensales, Lady Conyngham, Lord Alvanley, Lady Worcester, con los que hablaba en voz alta para sorpresa de sus inmundos compañeros de pensión. Fue un triste final para quien había sido el hombre más elegante del mundo.