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  • Juliano el Apóstata, el último emperador pagano

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    La leyenda negra de Juliano II, apodado el Apóstata, le condenó durante muchos años al ostracismo y el olvido, como el último emperador pagano de Roma. La realidad histórica es muy diferente. Salvado a última hora de morir a manos de sus primos mayores en una sangrienta masacre fratricida, Juliano se convirtió con los años en filósofo sobresaliente, gran administrador y aguerrido militar. Como liberal y deudor del pasado glorioso de la Roma clásica intentó restaurar el esplendor romano en su breve reinado, primero como César y finalmente como único emperador, permitiendo de nuevo la libertad de culto y reduciendo los privilegios que había adquirido el clero cristiano con Constantino. Esta política religiosa liberal le acabaría costando muy cara.

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  • Los grabados de Étienne Dupérac mil años después de la caída de Roma

    De Roma se dice que es la ciudad eterna, una afirmación que en cierta manera responde a la realidad. Desde su mitológico nacimiento de manos de Rómulo y Remo en el 753 a.C. hasta nuestros días, la ciudad ha mantenido un protagonismo especial en nuestra historia. Antes, como capital imperial de la civilización más importante de la Antigüedad y desde su caída como garante de la religión cristiana y sede de la máxima autoridad del catolicismo. Éste hecho fue el que permitió a la ciudad sobrevivir, con más o menos esplendor, hasta nuestros días, no como otra históricas capitales como Atenas, sumergida en la oscuridad de la historia durante siglos bajo el yugo otomano.

    Pero Roma, tras la caída del Imperio Romano en el año 456 d.C., dio la espalda a su esplendoroso pasado haciendo que toda su belleza clásica (y pagana por entonces) cayera en el olvido. La Edad Media trajo consigo la reutilización de algunos edificios como iglesias o la mera destrucción del patrimonio a base de la amortización de materiales constructivos. Sólo el afán de conservación de las órdenes monásticas pudo salvar al menos parte del legado clásico escrito. Pero con la llegada del Renacimiento surge un nuevo interés por la civilización romana y en redescubrir toda su maravillosa obra civil.

    Uno de los ejemplos más espectaculares y conocidos de este fenómeno lo encontramos en la figura de Étienne Dupérac, pintor, dibujante y grabador francés que en 1575 publicó el libro I vestigi dell’antichità di Roma, obra que recoge una impresionante colección de 40 grabados de las ruinas romanas que todavía quedaban en pie mil años después de la caída del Imperio. Un documento excepcional que nos permite viajar en el tiempo a una Roma virgen de turismo, provinciana y tristemente melancólica, y ver como si de fotografías se tratara alguno de los restos históricos más emblemáticos de la ciudad. De entre los grabados podemos observar, entre otros, el arco de Septimio Severo, el Foro, el Circo Maximo, el Templo de Juno, las Termas de Diocleciano, etc.

    Dupérac también publicó un plano de la Antigua Roma, Urbis Romae Sciographia, y otro libro con reconstrucciones de los mismo grabados,  Disegni de le Ruine di Roma e Come Anticamente Erono. A su vuelta a Francia recibió el encargo de pintar el Cabinet des Bains del castillo de Fontainebleau y diseñar los parterres y jardines del mismo, según los gustos italianos de la época.

    Podéis descargar el libro completo en varios formatos aquí.

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  • Villa Adriana, lujo romano



    El emperador Nerón (37-68 d.C.), tras el gran incendio de Roma del año 64 construyó un suntuoso palacio en pleno centro de la ciudad eterna. La Domus Aurea, un lujosísimo complejo salpicado de oro, piedras preciosas y marfil, escandalizó a la tradicional sociedad romana, pero no tanto por sus excesivos lujos sino por el hecho de estar construido en pleno centro político y social de la ciudad. Los romanos entendía que el lujo debía reservarse para las villas, esos preciosos antecedentes de nuestras mansiones contemporáneas. Por este motivo el palacio fue cubierto de escombros por el emperador Trajano y en parte de su superficie se construyó el famoso Coliseo romano, el ostentoso recinto volvía al pueblo.

    Unos años después fue otro emperador con un perfil muy diferente a Nerón, Adriano (76-138 d.C.), quien mandó construir, esta vez sí, en las afueras de Roma, una de las obras arquitectónicas más maravillosas que nos ha legado el mundo romano: la Villa Adriana. No se trataba tanto de un palacio, sino más bien de un espectacular complejo de más de 30 edificios y con más de un kilómetro de extensión, formado por palacios, fuentes, varias termas, piscinas, jardines, bibliotecas, teatro, templos, salas para ceremonias oficiales y habitaciones para los invitados. Los subsuelos contenían todo un complicado circuito de túneles y galerías para evitar que el trasiego del servicio pudiera molestar a los invitados.

    El emperador Adriano, viajero empedernido y amante sin igual de la civilización y el arte helénicos, trufó su palacio con más de 1.500 estátuas clásicas griegas además de un espectacular jardín de tipo alejandrino, un teatro frente al mar y una majestuosa piscina en cuyo centro dispuso una villa más pequeña en la que solía residir durante sus estancias en Tibur. Lujo romano en el mayor de sus sentidos.

    Villa Adriana from Javi Domingo on Vimeo.













    Para saber más: http://www.artehistoria.jcyl.es/arte/contextos/3438.htm