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  • Los orígenes paganos de la Navidad



    Desde hace unas pocas semanas hemos empezado a ver las tradicionales luces de Navidad (ahora leds, para ahorrar) inundando nuestras calles, impregnando con el habitual mal gusto todos los escaparates y dándonos la sensación que esa curiosa época del año llena de ilusión, familia, comilonas y gasto compulsivo llama de nuevo a nuestras puertas. No es el momento ni el espacio adecuado para hacer aquí un sesudo análisis del significado de la Navidad en el siglo XXI, de su pérdida de religiosidad o de su transformación en símbolo del capitalismo más descarado. Ahondaremos en este caso en los verdaderos orígenes de la fiesta en sí, la fecha escogida, la forma de celebrarlo, etc. Lejos de “conspiranoias”, léase Zeitgeist, veremos que lo que hicieron los primeros dirigentes de la Iglesia fue simplemente adaptarse a las costumbres que durante años habían practicado sus congéneres.

    La Navidad, el 25 de diciembre, celebra el nacimiento de Jesucristo, algo que a los primeros cristianos solo empezó a preocuparles cuando se empezaron a escribir las primeras cronologías a partir del siglo II d.C. En esos primeros momentos del cristianismo se celebraba más la Pasión y Resurrección de Jesucristo (la Semana Santa vamos), algo que precisamente aún conservan las iglesias ortodoxas.

    Así pues, a partir del siglo II empiezan a surgir las primeras fechas para fijar el nacimiento de Jesucristo. Clemente de Alejandría apunta a un par de fechas que él cree basadas en supersticiones: 19 de abril y 20 de mayo. Clemente calculó que en verdad el nacimiento de Cristo fue el 17 de noviembre. Otras propuestas aducían al 2 de abril o el 28 de marzo, pero curiosamente ninguna mencionaba el 25 de diciembre. Estos cálculos se basaban en su mayoría en meras cuentas de la lechera o en elucubraciones sin demasiado sentido, ya que la Biblia no fija en ningún caso una fecha exacta para el nacimiento de Jesús.

    Es en el año 330 cuando encontramos en Roma la primera celebración más o menos oficial del nacimiento de Cristo el 25 de diciembre, apadrinada por el emperador converso Constantino, en el 380 ya se ha exportado la celebración a gran parte de Asia Menor y en el 430 se constata en Egipto también. En esta misma época se instaura también la fecha del 6 de enero, la Epifanía, como fecha del nacimiento de Cristo para diversas iglesias ortodoxas, todo ello inscrito en las complicadas disputas teológicas del momento entre ambas iglesias sobre las dos naturalezas de Cristo (humana y divina).



    Pero, ¿por qué se escogió finalmente el 25 de diciembre desechando las otras fechas propuestas con anterioridad? Pues parece ser que simplemente se aprovechó una festividad pagana con una amplia aceptación en todo el territorio romano, el solsticio de invierno o Natalis Invicti (el nacimiento del Sol Invictus), calculada en el calendario Juliano el 25 de diciembre. Además, estas fechas coincidían con las famosísimas Saturnales, las celebraciones más populares del Imperio Romano especialmente entre el mundo agrario (Saturno era el Dios de la agricultura y las cosechas) que celebraba el fin de los duros trabajos de la siembra de invierno. Eran 7 días continuos de fiesta al más puro estilo romano: comilonas, borracheras, intercambio de regalos, etc. ¿Les suena de algo?



    También era costumbre en sus últimos días regalar pequeñas figuritas de terracota, las sigillia, a los más pequeños de la casa, así como adornar los árboles (no dentro de casa) y encender velas. Pero si en algo destacaban las Saturnales eran por sus excelsos banquetes, las fiestas callejeras con disfraces y el libertinaje que incluía también a los esclavos, quienes por unos días podían liberarse de sus ocupaciones y unirse a la plebe en sus celebraciones. Era una mezcla de la Navidad con el Carnaval, estaba autorizado todo lo prohibido: los esclavos ejercían de señores y los señores de esclavos. Curiosamente, una vez se instauró la celebración cristiana de la Navidad estas celebraciones paganas más exaltadas se fueron desplazando hacia el Día de Año Nuevo (Fin de Año, vamos) y posteriormente al Carnaval.



    Básicamente la elección del 25 de diciembre se tomó para acabar o mejor dicho sacralizar esta peligrosa festividad pagana. Fue una mera cuestión práctica, una manera de sustituir un rito por otro de una manera natural y sin afectar demasiado a las costumbres de la población. No es casualidad por tanto que se escogiera el solsticio de invierno para fijar el nacimiento de Jesucristo de la misma manera que se fijó el solsticio de verano, el 24 de junio, para el nacimiento de Juan Bautista. La astronomía sigue dictando nuestras costumbres como lo hacía a nuestros ancestros.

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