All posts tagged siglo XIX

  • Series con historia

    rome28

    En este blog ya hemos comentado en diversas ocasiones la categoría cinematográfica que han adquirido las series de televisión en la última década. Maravillosos ejemplos como The Wire o Los Soprano son una buena muestra de ello, pero este salto de calidad por suerte también se ha visto reflejado en las series de temática histórica, asunto que hoy nos ocupa.

    Read more

  • Giovanni Boldini, esencia de mujer “burguesa”



    El siglo XIX se considera el siglo de la burguesía, un momento de eclosión del liberalismo capitalista, del poder del dinero, la Revolución Industrial y las novedades tecnológicas. Pero este emerger de esta nueva y lustrosa clase social vino acompañado de usos más bien anticuados, los burgueses, nuevos ricos, quisieron parecerse a los grandes aristócratas que aún pululaban decadentes por los salones sociales de la época. En este sentido la figura del retratista se volvió trascendental para reflejar el nuevo estatus social al que habían llegado los burgueses y que tanto les había costado.

    A mediados del siglo XIX tras el doloroso y caótico periodo napoleónico y el fenómeno revolucionario del 48 que arrasó Europa, el Antiguo Régimen veía su fin definitivo al tiempo que la Revolución Industrial se expandía por todo el continente desde las islas británicas, era el momento de la alta burguesía, empezaba su reinado. Precisamente en esa época la capital de la pintura europea, el París renovado por Napoleón III y el Barón Haussmann, irradiaba su influjo en la Europa artística del momento y veía nacer nuevos movimientos pictóricos como el realismo o el impresionismo.

    Es en ese momento en el que el joven Giovanni Baldini, nacido en Italia en 1842, arriba a París en plena Exposición Universal de 1867 y conoce a Edgar DegasAlfred Sisley y Édouard Manet. Adapta su pintura clásica a los nuevos movimientos que le asombran en París y empieza a convertirse en el retratista preferido de la féminas de la alta sociedad europea. Primero, tras una breve estancia en Londres en 1870, y después trasladándose definitivamente a París donde trabajará para el marchante más importante de la ciudad, Goupil, para quién trabajaban ya pintores de gran éxito como Marià Fortuny y Ernest Meissonier. Allí se convierte en un pintor de moda y en un claro exponente del brillante y suntuoso estilo dieciochesco.

    El retratismo está muy de moda (ver entrada Courbet y el Realismo en el MNAC) y Boldini aporta todo su talento para crear cuadros preciosistas pero con una mirada particular, captando la expresión de la modelo y plasmando en el lienzo su propia idiosincracia. El resultado es una serie de espléndidas obras que reflejan una época feliz y brillante, hasta cierto punto onírica.

    Algunas de estas obras pueden verse ahora en la exposición “Impresionistas: maestros franceses de la colección Clark” del Caixaforum de Barcelona (hasta el 12 de febrero).

















  • Duelos, una curiosa moda dieciochesca

    Hoy en día, en el mundo relativista en el que vivimos hablar de honor resulta extremadamente caduco. El honor es un término vinculado estrechamente con la masculinidad, una masculinidad tradicional muy del Antiguo Régimen. Curiosamente en pleno proceso de abandono en toda Europa de las tradiciones y las políticas del Antiguo Régimen, que rigió Europa durante siglos, surgió una curiosa moda muy fuera de onda: los duelos.

    Mientras se estaba formando una nueva estratificación social al calor de la industrialización y con la llegada de la modernidad en todos los ámbitos de la ciencia, la tecnología y la política, los caballeros más granados de las principales capitales europeas dirimían las más fútiles disputas con la justicia del acero o la pólvora. La moda de los duelos sacudió las sociedades europeas, masculinas hemos de subrayarlo, que veían como muchos de sus mitos se venían abajo. Revivía una moda que había nacido en la oscura Edad Media y que tuvo su momento álgido con los espadachines del siglo XVII.

    El arte del duelo

    Los duelos podían efectuarse con la espada de duelo europea o —desde el siglo XVIII en adelante— con pistolas. Con este fin se fabricaban artesanalmente bellos pares de pistolas de duelo para uso de los nobles ricos.

    Cada parte en disputa debía elegir un representante de confianza (padrino) que acordaría el sitio del «campo de honor», cuyo principal criterio de elección era que estuviera aislado para impedir interrupciones.

    Por la misma razón, los duelos se efectuaban tradicionalmente al amanecer. También era deber de cada parte comprobar que las armas fueran iguales y que el duelo resultara justo.

    A elección de la parte ofendida, el duelo podía ser:

    • «A la primera sangre», en cuyo caso finalizaba tan pronto como uno de los duelistas resultaba herido, incluso si la herida fuera leve.
    • Hasta que uno de los contrincantes fuera «severamente herido», de forma tal que se encontrase físicamente incapacitado para continuarlo.
    • «A muerte», en cuyo caso no habría satisfacción hasta que la otra parte estuviera mortalmente herida.
    • En el caso de duelos «a pistola», cada parte podía disparar un tiro. Incluso si ninguno acertaba el disparo, si el desafiante se considerase satisfecho, el duelo podía declararse terminado. También un duelo a pistola podía continuar hasta que uno de los duelistas fuera herido o muerto, pero un intercambio de más de tres series de disparos era considerado bárbaro, además de ridículo por la falta de puntería.

    El honor, esa abstracta vestimenta que ungía al hombre, se convirtió de repente en un pedestal del que nadie se quería bajar y por el que bien valía la pena morir o dar muerte, como si de un caballero medieval se tratara. Las más absurdas de las disputas acababan en un duelo, muchas veces poniendo en un verdadero aprieto a sus protagonistas, como fue el caso del escritor norteamericano Mark Twain que evitó por poco enfrentarse en duelo con el editor de un periódico rival, posiblemente por la rapidez mental de su padrino, que exageró la puntería de Twain con la pistola.

    El duelo está de moda

    En la década de 1880 los duelos hacían furor y, aunque no lo parezca, siguieron de moda hasta bien entrado el siglo XX. No en vano, el último duelo con espada del que se tiene noticia en Francia fue en 1967, entre Gaston Defferre y René Ribière, ni más ni menos que dos diputados de la Asamblea Nacional. Y es que los duelos entre los políticos franceses eran muy habituales, el mismo primer ministro Georges Clemenceau (1849-1929), se batió a lo largo de su vida en doce duelos: siete con pistolas y cinco con espadas, de las que era una especialista.

    El último duelo con espada del que se tiene noticia en Francia fue en 1967, entre Gaston Defferre y René Ribière, ni más ni menos que dos diputados de la Asamblea Nacional

    Pero los duelos no eran solo terreno de militares y políticos, destacados y refinados miembros de la cultura francesa como Marcel Proust se batieron en duelo en multitud de ocasiones, en su caso para defenderse de acusaciones de homosexualidad. O reconocidos pacifistas como Léon Blum, futuro primer ministro en el gobierno del progresista del Frente Popular, o Jean Jaurès, fundador del diario L’Humanité, no dudaron en empuñar sus armas para defender su honor.

    El mismo Anatole France, premio Nobel de Literatura en 1921 afirmaba que el duelo era “la primera herramienta de la civilización, el único medio descubierto por el hombre para reconciliar sus instintos brutales con el ideal de justicia”.

    El duelo, esa rémora del pasado, representaba una refrescante contraposición a los atribulados tiempos modernos.

    En la Alemania imperial de Guillermo II los duelos eran una institución en las hermandades de estudiantes (Burschenschaft), donde los jóvenes borrachos e inflados de los valores prusianos se batían en duelo con pesados sables (nada de las espadas ligeras francesas o las pistolas, armas de muchachas) bajo el ritual del Mensur, su estricto reglamento. Para los estudiantes de la hermandad las cicatrices en el rostro serían un valor seguro para el ascenso, un mérito que reconocerían unos superiores comprensivos que también habían pertenecido a alguna de esas hermandades. Era la realidad de un mundo y una sociedad que estaba por terminarse, paradójicamente en un horrible baño de sangre del todo injusto.

    http://fama2.us.es/fde/ocr/2006/ensayoSobreDuelos.pdf

    http://es.wikipedia.org/wiki/Duelo

     

  • Opio, la flor maldita



    Siempre me ha fascinado el opio, una droga con un contenido sensual y una áurea onírica singular. Una droga de otras épocas, de un  mundo distinto, encorsetado en unos convencionalismos sociales y unos tabús que fácilmente se mancillaban. Cruzar la línea de lo prohibido era mucho más tentador que ahora, época de grandes libertades y progresismo barato.

    A finales del siglo XIX y principios del XX el opio intoxicó con su magnetismo a personas de todas las condiciones, abogados, ricos terratenientes, bohemios, o mugrientos  pordioseros, todos ellos alienados en camillas roñosas y rodeados de una niebla narcótica de felicidad irreal.

    No debe pensarse en la vida con la mente, sino con el opio”. André Malraux, ‘La condition humaine’

    El opio, gracias a su ingrediente activo, la morfina, adormece el dolor, produce júbilo, induce al sueño -por eso fue utilizado como calmante infantil- y reduce las aflicciones. En el siglo XIX era el ingrediente primario de incontables medicinas de patente que se utilizaban para aquietar a los bebés llorones, calmar los nervios destrozados y restaurar una apariencia de salud a millones de personas. Lo cierto es que el opio era un reclamo popular en la incipiente publicidad de la época.



    El mal del siglo XIX

    La moda del opio que alarmó a gobiernos y ciudadanos se alargó durante casi un siglo. El “sagrado jugo de la amapola” llegó a Occidente alrededor de 1850 traído de China por los viajeros y marineros europeos y los inmigrantes chinos. Dotado de un aura sin igual de decadencia oriental atrajo por igual a escritores, artistas y gente rica como a marineros, prostitutas y gente a la deriva, vamos, los márgenes de la sociedad por arriba y por abajo. En realidad, el espíritu de aventura y curiosidad que dio a la mente el siglo XIX la libertad de experimentar con lo desconocido, provocó una reacción que se manifestó en el arte y la literatura.



    Pero la historia del opio viene de muy lejos: hay pocas dudas de que la adormidera fue utilizada y comercializada durante milenios por todo el Mediterráneo, el Cercano Oriente, el Asia Menor y la Europa Occidental como una planta de múltiples beneficios, que daba alimento, forraje, aceite y combustible. Su relación con la literatura se inicia también muy pronto con un pasaje de la Iliada de Homero en la que Helena de Troya adereza cierto vino con nepenthes, “una droga que tenía poder contrario al aguijón de la aflicción y la ira al desvanecer todas las memorias penosas”. Más tarde el mismo Ovidio, prócer del latín clásico, aludía a él en sus Fasti (Fiestas):

    Su semblante calmado adornado de amapolas, trajo la noche, y en su séquito trajo sueños oscuros

    Científicamente la magia de la amapola viene de la morfina, el principal ingrediente activo del opio. Friedrich Wilhelm Sertürner aisló la morfina y publicó sus resultados en 1805, y su popularización irrumpió en pleno siglo XIX con la invención de la aguja hipodérmica funcional por parte del doctor Alexander Wood en 1853. Al actuar como analgésico y aliviar el dolor, la morfina bloquea los mensajes de dolor al cerebro, produce euforia y amortigua las ansiedades y tensiones. También suprime la tos, estriñe al inhibir el flujo de jugos gástricos, retarda la respiración y dilata los vasos sanguíneos de la piel.



    Por su parte la heroína, una sustancia semisintética derivada de la morfina, fue creada en la década de 1870 y redescubierta en 1898 por Heinrich Dreser, un químico de la Bayer. La heroína fue inicialmente comercializada como remedio para la tuberculosis, la laringitis y la tos. Irónicanamente, fue también alentada como cura potencial para la dicción a la morfina.

    Literatura adormidera

    El poder del opio fue tal en el siglo XIX que originó dos guerras entre Inglaterra y China, ganadas por la primera, que desembocaron en que para 1856, con la piratería en pleno auge, el contrabando del opio y la adicción llegaran a niveles nunca vistos. A todo ello, ayudó la ingente cantidad de inmigrantes que fueron llegando a las grandes ciudades europeas y norteamericanas. Además, la fascinación occidental por el opio y la vida en Oriente se vio popularizada por la palabra escrita. A modo de ejemplo, en 1845, un grupo de escritores franceses fundaron el Club des Haschichins con la meta de experimentar con el hachís y el opio, al mismo pertenecieron, ni más ni menos que Honoré de Balzac, Charles Baudelaire o Eugene Delacroix.



    En este sentido, un caso representativo del mimetismo que provocó el opio con la creatividad artística de la época, es el de Jean Cocteau (1889-1963), poeta, escritor, cineasta, novelista y artista que en 1928, ingresó, como fumador de opio veterano, en la clínica Saint Cloud para desintoxicarse (donde produjo la obra Opium: journal d’une désintoxication) y cuyas palabras de despedida no dejan ninguna duda sobre la eficacia del tratamiento:

    El trabajo que me explota necesita opio, necesita opio para dejar el opio, de nuevo, necesitaré meterme en él. Y me pregunto: ¿debo o no tomar opio?… Lo tomaré si mi trabajo lo requiere.

    Y lo requirió. Cocteau regresó a fumar opio y siguió produciendo obras asombrosas.

    La gran expansión

    A partir de la segunda mitad del siglo XIX el opio se volvió una enfermedad universal con su llegada a la costa oeste y este de Estados Unidos. El opio arribó a Nueva York en 1876 y, entonces, los fumaderos de opio se multiplicaron. Ocupados por entero por una casa de tres pisos con pesadas cortinas, ocultaban en su interior un amueblado simple con las esterillas teñidas de rojo y un brumoso humo adormecedor. Por su parte, el instrumental para fumar opio constaba de una pipa, una lámpara de alcohol, una larga aguja y un contenedor de pasta de opio, todo colocado en una bandeja.

    Siempre hay necesidad de intoxicarse: China tiene el opio, el Islam tiene el hachís, el Occidente tiene a la mujer… Quizá el amor está por encima de todos los medios que utiliza el hombre para liberarse de la condición humana…” André Malraux, ‘La condition humaine’

    Pero a inicios del siglo XX la situación se tornó peligrosa,  de pasar de ser un vicio exótico pero legal pasó a ser una actividad criminal manejada por pandillas que vendían drogas por las calles. El 1 de febrero de 1909, la primera Conferencia Internacional sobre el Opio se reunió en Shangai, y tras una segunda (1912) y una tercera (1914) en La Haya se llegó a un acuerdo para propiciar un control más estricto de los narcóticos. Estas conferencias, y otras más, impulsaron a los países a adoptar legislaciones restrictivas en materia de tráfico de drogas que desembocaron en la Poisons and Pharmacy Act de 1908 en Gran Bretraña, la Smoking Opium Exclusion Act de Estados Unidos en 1909, o la Opium and Narcotic Drug Act de 1908 en Cánada. Era el principio del fin del reino de la adormidera en la civilización occidental. Otras drogas llegarían más delante para satisfacer esa necesidad humana de la evasión, de la felicidad artificial.

    Libro recomendado: Opio, un retrato del demonio celestial (Barbara Hogson, 1999).