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  • Fructuós Gelabert, el pionero del cine catalán



    Ahora que la película catalana Pa negre ha arrasado en los Goya, es un buen momento para recordar a uno de los pioneros del cine catalán menos conocido, Fructuós Gelabert. La figura de Gelabert ha sido terriblemente olvidada pese a que fue nuestro Lumiere particular, un hombre avanzado a su tiempo e incomprendido pero dotado de una imaginación y un amor al cine impresionantes.

    Fructuós Gelabert (1874-1955) tiene el honor de haber filmado la primera película de ficción española destinada a la exhibición, “Baralla en un café” (Pelea en un café), en 1897, apenas dos años después que los hermanos Lumiere presentarán su cinematógrafo. Además de filmar y producir la primera película española distribuida por todo el mundo Don Alfonso XIII a Barcelona, de 1898. Gelabert fue también el inspirador de los primeros estudios cinematográficos de España en 1908, las galerías acristaladas de la Granja Vella.



    Catalunya y el cine

    Lo cierto es que la historia de cine en Barcelona empezó un soleado 5 de mayo de 1895 en un local situado en la plaza de Catalunya, donde se ofrecía una exhibición de “quinetoscopio” de Edison, a la que asiste un joven Fructuós Gelabert. Los primeros exhibidores de películas son básicamente feriantes que recorrían las ciudades y pueblos con algunos de los diferentes aparatos encontrados en el mercado a finales del siglo XIX. Precisamente, unos de estos pioneros del cine fueron los hermanos Napoleon, dueños del estudio de fotografía  preferido de la burguesía barcelonesa, que fueron los primeros programadores de cine en la ciudad (su sala de la Rambla Santa Mónica funcionó regurlamente de 1896 a 1900) y que tuvieron el honor de ofrecer el pase inaugural del cinematógrafo de los hermanos Lumiere en Barcelona, un año después del estreno del “quinetoscopio” de Edison. Gelabert también asistió a esta memorable cita y acabó por enamorarse de esta nueva forma de expresión del denominado séptimo arte.



    Junto con su amigo Santiago Biosca, dueño de un taller de óptica y aparatos fotográficos, diseñaron su propio cinematógrafo y produjeron la primera película con argumento de la historia del cine español “Baralla en un café”, a parte de muchos otros documentos en la línea de los hermanos Lumiere, como la salida de una fábrica, en este caso de la España Industrial (Gelabert era del barrio de Sants). A partir de este momento inició una carrera fulgurante en el incipiente mundo del celuloide en el que rodó, entre otras: “Terra Baixa” (1907), “Maria Rosa” (1908), “Guzmán el Bueno” (1909), con Margarita Xirgu, y su gran éxito “Mala Raza” (1912), basado en una obra del novel José Echegaray, además de fundar su propia productora La Boreal Films.

    Una oportunidad perdida

    El cine avanzaba y ya no era solamente una curiosidad mecánica de la tecnología del nuevo siglo, ya en 1914 todas las ciudades y pueblos catalanes de cierta importancia tenían por lo menos una sala de cine. Por aquel entonces Barcelona y Valencia eran las ciudades españolas con mayor producción del films: de las diecisiete productoras españolas, nueve estaban en Barcelona y tres en Valencia. Fue una época de esplendor para el cine catalán y para el mismo Fructuós Gelabert que destacó como el principal cineasta del momento, junto a Segundo de Chomón, Josep Gaspar o el mismo pintor Josep de Togores (ver post). Pero las producciones catalanas y valencianas no supieron aprovechar la oportunidad que se les venía encima: durante la Primera Guerra Mundial se interrumpió el suministro de películas francesas e italianas, las grandes dominadoras de esta primera etapa del cine, y las producciones barcelonesas y valencianas no tenían competidor. Aunque fue una etapa brillante no supieron consolidar su escena y la escasa y poco relevante producción española de cine se trasladó a Madrid en los años 20.



    Los años 20 fueron pues una etapa de decadencia que acabó por confirmarse con el advenimiento del cine sonoro que encarecía enormemente los costes de producción, aunque a pesar de esto Fructuós Gelabert continuo produciendo films de manera artesanal. En 1928 estrena su última película “La puntaire” que resulta un fracaso absoluto ya que el cine sonoro se ha extendido por todas partes.



    Desgraciadamente, no se conservan todos los filmes que se produjeron en esta época, ya que la alta capacidad inflamable de los celuloides en los que se grababan las películas provocó numerosos incendios y grandes pérdidas. Desde entonces Fructuós Gelabert se refugió en su taller de ebanista para imaginar nuevos inventos relacionados con la cinematografía como la reproducción en tres dimensiones, hoy tan de moda, o la reproducción de películas en discos fonográficos. Fueron los últimos sueños de un soñador empedernido olvidado por la crítica y la historia.

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