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  • Oil City y las boom towns



    El 27 de agosto de 1859, Edwin L. Drake, ex conductor de ferrocarril, hacía bombear por primera vez en la historia petróleo de un pozo situado en los terrenos de la granja Hibbard, en Titusville (Pensilvania). Para ello había ingeniado una herramienta que revolucionaría el mundo: la primera torre petrolífera de extracción.

    La zona escogida para esa extracción no fue arbitraria, Titusville se situaba cerca de un riachuelo llamado Oil Creek y los habitantes de la zona estaban más que acostumbrados a las engorrosas filtraciones de este aceite pringoso en el suelo de esta zona de Pensilvania. Precisamente fue un empresario de la zona llamado Samuel Kier quien, cansado de que el petróleo arruinase los pozos de sal de su familia, investigó nuevos usos que darle a este material. Así, descubrió que podía destilarse del petróleo queroseno con mucha más facilidad que del carbón, una materia prima cada vez más costosa.

    El queroseno se había convertido en la solución a las costosas infraestructuras de iluminación que empezaban a alumbrar las incipientes megalopolis norteamericanas y que, por aquellos entonces, se nutrían del aceite de ballena, cuyo precio crecía sin parar debido a su escasez. En pocos años las lámparas de queroseno serían de uso común en todo el mundo y con el descubrimiento de Kier se abría un negocio extraordinario para todo aquel que pudiese extraer petróleo a gran escala.

    Por este motivo George Bissell y Jonathan Eveleth, fundadores de la Pennsylvania Rock Oil, contrataron a Edwin L. Drake para poder hacerse con ese preciado botín que escondía el subsuelo de Titusville. Había comenzado la fiebre del oro negro.



    Como pasó en California unos pocos años antes, la noticia del descubrimiento atrajo a ingentes cantidades de emprendedores en busca del sueño americano. Junto a la primigenia torreta de Drake empezaron a aflorar cientos de pozos y el preciado oro negro empezó a fluir. En 1873, apenas una década después, Pensilvania ya producía 10 millones de barriles al año y Estados Unidos copaba el mercado mundial del crudo. El advenimiento del automóvil y el motor de combustión derivados de la Segunda Revolución Industrial haría el resto, empezaba la era del petróleo.

    Titusville que cuando llegaron Bissell y Eveleth apenas contaba con 250 habitantes se convirtió en pocos años en una gran ciudad de más de 10.000 personas. El negocio del petróleo no sólo había atraído a emprendedores sino que a su alrededor nacieron multitud de negocios paralelos de menor o mayor talla moral. Eran los denominados “boom towns“, algo que ya había sucedido en California con la fiebre del oro y en concreto en la ciudad de San Francisco.

    Pero el caso más paradigmático de estos “boom towns” fue el de Oil City, una gran ciudad fundada de la nada en 1860 para servir de centro logístico para la distribución del petróleo que salía de la refinerías de la región, como su nombre bien indica. En esa época se construyeron alrededor de Titusville seis refinerías, desde esta ciudad se enviaban en barcazas surcando el río Oil Creek los barriles hacía Oil City, desde donde eran enviados mediante enormes vapores hacía la ciudad industrial de Pittsburgh.

    Pero Oil City no fue el único caso de “boom town” surgido de la nueva fiebre del oro negro, una año después de su nacimiento, la compañía Central Petroleum Co. creó de la nada la ciudad Petroleum Center que llegó a tener más de 5.000 habitantes, muchos de ellos gansters y maleantes que ayudaron a crear su leyenda negra.



    Aunque sin duda el caso más espectacular fue el de la ciudad de Pithole nacida en mayo de 1865 y que en diciembre del mismo año ya contaba ni más ni menos que con 20.000 habitantes, como aquel que dice de la noche a la mañana. El responsable de tamaño milagro fue el descubriento de un pozo petrolífero que rendía más de 250 barriles diarios, el Frazier Well. Pithole llegó a tener sesenta hoteles, tres iglesias, un teatro, un periódico y hasta fue sede del primer oleoducto del mundo.

    Como hemos comentado, la súbita riqueza de estas nuevas ciudades llamó la atención de personajes de la peor calaña que esperaban aprovecharse de todos los emprendedores que iban aterrizando en la zona. La situación se agravó con el fin de la Guerra de Secesión en 1865 cuando muchos ex combatientes se unieron a la fiesta en estas caóticas ciudades.

    Se trataba de ciudades aparecidas de la nada sin ningún tipo de planificación urbanística, aglomeraciones humanas en una condiciones higiénicas lamentables que provocaron multitud de problemas, especialmente al estar rodeadas de pozos de petróleo y refinerías. Muchas sufrieron espantosos incendios, como es el caso de la misma Oil City en 1882, que destruyeron gran parte de su súbita riqueza.



    Pero como toda fiesta, llegó su fin con el ocaso del siglo XIX. El año 1891 Pensilvania logró su pico de producción con 33 millones de barriles, a partir de allí todo fue una lenta caída. Los pozos se fueron secando y las industrias se fueron trasladando a otros lugares, principalmente Texas donde empezaba a brotar el oro negro, y con ellas las ciudades nacidas al calor del boom petrolífero.

    La suerte de Pithole tan solo duró un par de años, en 1867 apenas vivía gente, y Petroleum Center, paradigma de la “boom towns”, fue prácticamente abandonada en 1873, y hoy ambas son ciudades fantasma símbolos del sueño americano que se esfuma tan rápido como el dinero cambia de manos. Curiosamente, parecida suerte tuvo el gran protagonista de esta historia, Edwin L. Drake, que se arruinó a los pocos años de su descubrimiento y murió totalmente en la miseria en 1880.

    La única que sobrevive es precisamente Oil City gracias sobre todo a que muchas empresas petrolíferas como la Pennzoil, Quaker State y Wolf’s Head situaron en ella sus cuarteles centrales hasta 1990, cuando se trasladaron a Texas. Hoy en día la ciudad cuenta con 11.000 habitantes y una más que aceptable vitalidad que le ha permitido subsistir al boom petrolífero que la vio nacer.

    Fuente: Historia y Vida (nº 514) + Wikipedia.