Viaje al pasado en 3D



Para todos aquellos a los que nos apasiona la Historia, sin duda uno de nuestros sueños sería poder viajar al pasado. Pero la realidad tecnológica que vivimos, por el momento, no nos va a permitir satisfacer nuestros sueños y tendremos que conformarnos con ver recreaciones del pasado en el cine, aunque muchas veces las necesidades del show-business impregnen muchas de estas obras de gazapos históricos de envergadura.

Pero no todo está perdido, antes de estirarnos los cabellos con anacronismos hollywoodienses, el desarrollo de la animación digital y su accesibilidad han hecho que esta potente herramienta llegue ahora a manos de los verdaderos especialistas para recrear con gran detalle las grandes ciudades del pasado.

Me permito a continuación un breve paseo, YouTube mediante, por algunas de las mejores recreaciones digitales que podemos encontrar hoy en día en la Red, además de mi propia aportación que encabeza este artículo. Por su puesto, abro la puerta a vuestras recomendaciones para poder enriquecer el post con nuevas recreaciones y os deseo un feliz viaje al pasado…

ROMA (320 d.C.)



CIRCO MAXIMO



DOMUS ROMANA



EL PALACIO DE KNOSSOS



AKROPOLIS DE PERGAMO



CASA DEL FAUNO (POMPEIA)



TEMPLO DE SALOMON, JERUSALÉN



CIUDAD ROMANA DE GERASA (JORDANIA)



CARTAGO



FORO DE CONSTANTINO, CONSTANTINOPLA



PORTUS THEODOSIACUS (YENIKAPI), CONSTANTINOPLA



CARRERA DE CABALLOS EN EL HIPODROMO DE CONSTANTINOPLA



Fuentes:

  • http://www.romereborn.virginia.edu
  • http://www.ancientvine.com
  • http://www.progettotraiano.com
  • http://www.byzantium1200.com
  • http://www.bbc.co.uk/history/interactive/virtual_tours/
  • http://italicaromana.blogspot.com.es
  • http://www.brian-walters.com/3dmodels.html

Cocktail, una historia de ida y vuelta

La fiebre del Gin Tonic que estamos viviendo en estos últimos años ha puesto de moda de nuevo el fenómeno del cocktail, una bebida que ha venido sufriendo una curiosa historia de idas y venidas. Con un origen complicado y repleto de curiosos galimatías semánticos, desde que apareciera su primera mención en 1806 el arte de mezclar bebidas alcohólicas nos ha acompañado en nuestros ratos de asueto durante más de 200 años.

No es intención de este artículo inmiscuirse en los complicados y aburridos posibles orígenes etimológicos de esta combinación de bebidas (quién este interesado puede echarle un vistazo a este enlace), pero sí que comentaremos que el origen del concepto de cocktail nace en un lugar tan exótico y poco dado al imaginario cool del mundo de la mixología como es la India colonial inglesa. Es más, el origen de la bebida más moderna de la cultura contemporánea la encontramos en el fenómeno del ponche o punch, es decir, que el cocktail no nació en una fina copa veneciana sino más bien en un rudo bol que posiblemente se había usado para servir arroz basmati (perdón por la licencia imaginaria).

El punch que fascinó a los ingleses derivaba de la palabra hindi pãč, que significa “cinco”, el número original de sus ingredientes: aguardiente, azúcar, limón, agua y té. Esta refrescante receta que se servía en unos grandes recipientes era el acompañante perfecto para mezclar con los primeros destilados alcohólicos que habían aparecido a finales de la Edad Media y que estaban ya generalizados en el siglo XVII, aunque resultaban aún muy fuertes para los paladares de la época.

A finales de ese siglo el bol de ponche era una de las bebidas más famosas de las islas Británicas y sus colonias. En el próximo siglo la fiebre del ponche se extendería por toda Europa como un ingrediente indispensable en todas las celebraciones, algo que aún muchos países siguen conservando (especialmente Estados Unidos).

Los maestros poncheros aprendieron nuevas técnicas con las que sublimar esta original mezcla india como sustituir el agua por leche, añadirle claras de huevo, adecenarlo con siropes u otros licores o sustituir el aguardiente por el más glamouroso champagne o vino. La cultura de la mezcla ya había iniciado sus primeros pasos en el terreno de las bebidas alcohólicas y muchas de las bases de mixología actual ya se conocían alrededor de 1800.

Como hemos comentado, la cultura del ponche se desarrolló principalmente por todos los territorios de dominio ingleses -algo como decir en gran parte del mundo en pleno siglo XVIII- llegando también a los convulsos Estados Unidos que apenas contaban con unas décadas de existencia y un raigambre aun muy británico. Fue precisamente en este país donde aparece publicada por primera vez la palabra cocktail asociada a la mezcla de ingredientes y, sobre todo, donde tiene lugar un cambio muy importante para el desarrollo de la coctelería: los bartenders norteamericanos desarrollaron la habilidad de realizar sus “ponches” en lugar de en un bol directamente en un vaso.

La primera descripción propiamente dicha de la palabra cocktail apareció el 13 de mayo de 1806 en el periódico The Balance and Columbian Repository de Nueva York. En ella se describía el cocktail como “una bebida estimulante, compuesta de varios licores, azúcar, agua y bitters” (receta muy parecida al ponche indio). No sin una buena dosis de ironía el periódico, de corte político, hablaba de “una poción electoral excelente, de gran utilidad para un candidato demócrata: porque una persona después de haber ingerido un vaso de ella, está dispuesta a tragarse cualquier cosa”.

Unas décadas más tarde, en 1831, aparece la primera mención impresa de una receta de un cocktail compuesto por ginebra, brandy o ron, mezclados con dos partes de agua, azúcar y nuez moscada. Pero es en 1862 cuando se da el gran pistoletazo de salida a la cultura del cocktail con la publicación de la primera guía de cocktails para barmans, Bar-tender’s guide or How to mix drinks, obra de Jerry Thomas y que aún puede adquirirse en Amazon.

Cuando el pionero Jerry Thomas murió en 1885 la cultura del cocktail estaba viviendo su primera edad de oro. Los cambios económicos, sociales y culturales derivados de la Revolución Industrial en el mundo occidental hicieron que entre las décadas finales del siglo XIX y la Primera Guerra Mundial se desarrollara una nueva cultura del ocio y el entretenimiento que hizo que la afición por la bebida emergiera de los salones aristocráticos para alcanzar a gran parte de la población. Fue la gran época de los bares de hotel, cabarets, cafés de tertulia, etc., en los que el cocktail devino el principal protagonista.

Aunque nuevamente desde Estados Unidos tuvo que llegar una nueva revolución, paradójicamente derivada de la Prohibición de las bebidas alcohólicas decretada en 1919 (ver post sobre la Ley Seca). Los bartenders de los “speakeasy”, los bares clandestinos de la época, se las ingeniaron para desarrollar nuevas recetas, en muchos casos para enmascarar la mala calidad de los espirituosos. Otro fenómeno importante que apareció con la Ley Seca fue la proliferación del cocktail entre las mujeres que se incorporaban también a la nueva moda.

Más allá de la generalización del fenómeno entre todas las capas de la sociedad americana, los verdaderos amantes de la coctelería debían viajar a la Havana, nueva meca del cocktail, o a los mejores bares de ciudades como Londres o Paris para saborear un buen combinado. Es la época del nacimiento de los grandes clásicos como el Dry Martini, el Old Fashioned, el Bloody Mary, el Manhattan o el Daiquiri y de la llegada de los cócteles al cine.

Pero la Segunda Guerra Mundial supuso un primer impasse para la historia del cocktail que no volvió a reflotar hasta después de la contienda y los primeros 50s con la proliferación de los Tiki Bars y los cocteles polinésicos, en una moda liderada por Trader Vic, el padre del mítico Mai Tai.

Otro de los fenómenos que dio un nuevo impulso a los coktails fue la aparición del vodka, una bebida que antes de la Segunda Guerra Mundial era muy poco conocida pero que a partir de los años 50 se generalizó en todo el mundo en nueva oleada de cocteles más suaves y ligeros. Se vivió el triste declive de los combinados más tradicionales como el Dry Martini, y el auge de cocteles como el Moscow Mule, el Bloody Mary o el Screwdriver (Destornillador).

Pero de nuevo llegó otra época de decadencia en los años 60s y 70s, época convulsa en la que ya muy pocos locales seguían conservando el arte de la elaboración de cocteles a la vieja usanza, adquiriendo la categoría de museos vivientes de un pasado esplendoroso.

No fue hasta los años 90 cuando una nueva hornada de barmans hacía renacer los viejos cocktails de antaño incorporando nuevos métodos y técnicas al calor del nuevo rebufo que Hollywood le había dado a la coctelería de la mano de Tom Cruise.

Un renacer que ha llegado a nuestros días con la fiebre de los gintonics, las marcas Premium y un exceso de artifiosidad, que a mi parecer, nos aleja de la verdadera esencia de una bebida bicentenaria. Por suerte, aún nos quedan resquicios de autenticidad como el Caribbean Club Cocktail Bar.

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Hell on Wheels, una sucia maravilla

Cuando se habla de producciones históricas siempre tengo una máxima: cuanto más sucio, mejor. Dejémonos de tonterías, el pasado en su grandísima mayoría era un mundo hediondo y zarrapastroso. Y si, como en la serie que nos ocupa, estamos hablando del indómito territorio de Nebraska en 1865, debe haber barro, suciedad, bajeza moral y mucho alcohol barato. Por suerte en Hell on Wheels los hay y a raudales.

La nueva producción de la AMC destila autenticidad en cada uno de los escupitajos que sazonan todos sus capítulos. Esputos que se mezclan con el barro, con los aromas a prostituta barata y alcohol de alambique casero. Esa es la esencia de la historia de ese gran país construido con el sudor y la vida de millones de inmigrantes a base de laxitud moral y con el dólar como único y verdadero guía espiritual. Ese es el leitmotiv que lleva a Thomas C. Durant, inversor con pocos escrúpulos, a emprender la carrera para conseguir unir este vastísimo país de punta a punta mediante el ferrocarril, la línea que traerá el futuro a América.

La trama de esta serie es bien sencilla, un perdedor de libro, Cullen Bohannon, ex soldado sureño en busca de venganza por el cruel asesinato de su esposa e hijo, se une al pueblo itinerante denominado Hell of Wheels que está construyendo el ferrocarril transcontinental en medio del ambiente aun crispado posterior a la reciente Guerra de Secesión (1861-1865). Éste no es más que un conjunto anárquico de tiendas de campaña que va siguiendo las obras de colocación de la línea de ferrocarril de la compañía de Durant, la Unión Pacific, en su acérrima lucha contra su homónima, la Central Pacific, que había empezado la línea desde el oeste. Mientras la Central Pacific utiliza a la recién llegada inmigración china, la Union Pacific, emplea básicamente a inmigrantes irlandeses de la peor calaña y ex esclavos liberados, un coctel explosivo con el que el bueno de Cullen Bohannon tendrá que lidiar como capataz.

Hell on Wheels nos habla de un época fascinante en un territorio en guerra. En guerra con los pueblos indios que se resisten a colonizarse y en guerra con la propia codicia de los hombres blancos, dispuestos a desenfundar su revolver hasta por el último centavo. Un momento de terrible agitación política tras una devastadora y sangrienta guerra fratricida que dejó más de 600.000 muertos (más incluso que en la Segunda Guerra Mundial, por parte norteamericana) y millones de damnificados social y económicamente.

Todos estos hechos se ven reflejados en la serie mediante pequeños guiños entre todo el elenco de personajes, todos juegan su papel para explicarnos esta gran historia. Todo ello intentando reflejar al máximo la crudeza del momento sin traicionar por ello los golpes de efecto tan necesarios en la práctica televisiva.

A partir de aquí llegamos a los lugares comunes de la narración cinematográfica: la clásica historia de amor entremezclada en la trama, la prostituta buena maltratada por la vida, el esclavo combativo y resentido, el malo malísimo de comic, y cómo no, el héroe atormentado por su pasado.

Sin duda el papel de Anson Mount como héroe poliédrico capaz de combinar la brutalidad masculina del forajido americano con un punto de ternura bondadosa que a duras penas consigue fluir entre los recuerdos de su terrible pasado, resulta más que convincente.  Acabas queriendo al personaje (aunque cueste unos capítulos). Pero es bien cierto que hay otros personajes que chirrían un poco, como la coprotagonista femenina, Lily Bell, la viuda del topógrafo asesinado por los indios, un personaje forzado que no acaba de encontrar su sitio, por lo menos en esta primera temporada. Tampoco convencen los personajes pieles rojas, protagonistas de ciertos pasajes esotéricos que me han recordado en cierta manera los episodios un pelín psicotrópicos protagonizados por los búfalos en la fantástica Into the West (esa pequeña joya que nos regaló Spielberg hace unos años).

Capítulo a parte merece el enigmático personaje de “el sueco”, un inmigrante noruego de tez acartonada, pelo engominado y pérfida gabardina oscura más propia de un villano de la Marvel que de un capataz del Medio Oeste. Me encanta, aunque parezca metido con calzador en medio de la planicie norteamericana, tiene un algo que lo hace fascinante. A medida que pasan los capítulos quieres saber más sobre su pasado y ese atribulado mundo interior que le hace flagelarse por las noches a escondidas en su caravana.

En cualquier caso, a la hora de enfrentarse a Hell on Wheels no hemos de pensar en el gran referente del western televisivo moderno, léase Deadwood. Esto es otra historia, otro ritmo, otra manera de hacer televisión. Esto es la AMC, una cadena con un mayor gusto por el riesgo visual con productos sorprendentes y efectivos como Breaking Bad, The Walkind Dead o la más clasicona Madmen, una alternativa muy interesante a la literatura audiovisual y la pulcritud argumental de la HBO. Hell on Wheels llega directo al televidente, impacta, mientras Deadwood sublima el lenguaje televisivo para acceder a ti de una forma menos atribulada. Pero ambas opciones son totalmente loables y plenamente satisfactorias.

Podemos entender Hell on Wheels como una nueva vuelta de tuerca al género del western televisivo con un mayor gusto por el impacto y un lenguaje audiovisual arriesgado. Pero como todo, serán las sucesivas temporadas las que permitirán juzgar la serie en su conjunto partiendo de unas pautas bien fijadas en esta temporada inicial, que empieza con un piloto más bien flojo pero que va mejorando, y de qué manera, a medida que avanza la trama.

De momento en Estados Unidos ya se ha terminado la primera temporada con solvencia y se ha anunciado una segunda ya en camino, por lo que respecta a nuestro país, la serie llegará durante este 2012 de la mano de Antena 3, abonada últimamente a las series de calidad (cosa que es de agradecer).

Los grabados de Étienne Dupérac mil años después de la caída de Roma

De Roma se dice que es la ciudad eterna, una afirmación que en cierta manera responde a la realidad. Desde su mitológico nacimiento de manos de Rómulo y Remo en el 753 a.C. hasta nuestros días, la ciudad ha mantenido un protagonismo especial en nuestra historia. Antes, como capital imperial de la civilización más importante de la Antigüedad y desde su caída como garante de la religión cristiana y sede de la máxima autoridad del catolicismo. Éste hecho fue el que permitió a la ciudad sobrevivir, con más o menos esplendor, hasta nuestros días, no como otra históricas capitales como Atenas, sumergida en la oscuridad de la historia durante siglos bajo el yugo otomano.

Pero Roma, tras la caída del Imperio Romano en el año 456 d.C., dio la espalda a su esplendoroso pasado haciendo que toda su belleza clásica (y pagana por entonces) cayera en el olvido. La Edad Media trajo consigo la reutilización de algunos edificios como iglesias o la mera destrucción del patrimonio a base de la amortización de materiales constructivos. Sólo el afán de conservación de las órdenes monásticas pudo salvar al menos parte del legado clásico escrito. Pero con la llegada del Renacimiento surge un nuevo interés por la civilización romana y en redescubrir toda su maravillosa obra civil.

Uno de los ejemplos más espectaculares y conocidos de este fenómeno lo encontramos en la figura de Étienne Dupérac, pintor, dibujante y grabador francés que en 1575 publicó el libro I vestigi dell’antichità di Roma, obra que recoge una impresionante colección de 40 grabados de las ruinas romanas que todavía quedaban en pie mil años después de la caída del Imperio. Un documento excepcional que nos permite viajar en el tiempo a una Roma virgen de turismo, provinciana y tristemente melancólica, y ver como si de fotografías se tratara alguno de los restos históricos más emblemáticos de la ciudad. De entre los grabados podemos observar, entre otros, el arco de Septimio Severo, el Foro, el Circo Maximo, el Templo de Juno, las Termas de Diocleciano, etc.

Dupérac también publicó un plano de la Antigua Roma, Urbis Romae Sciographia, y otro libro con reconstrucciones de los mismo grabados,  Disegni de le Ruine di Roma e Come Anticamente Erono. A su vuelta a Francia recibió el encargo de pintar el Cabinet des Bains del castillo de Fontainebleau y diseñar los parterres y jardines del mismo, según los gustos italianos de la época.

Podéis descargar el libro completo en varios formatos aquí.

La carrera del siglo: New Yok – Paris 1908

En los albores de la automoción tuvo lugar la que ha venido a denominarse como la carrera del siglo. Una competición automovilística sobresaliente que levantó una expectación nunca vista en ambos continentes y en la que 6 coches y 6 valientes pilotos se enfrentaron a la titánica tarea de recorrer los 35.000 kilómetros de distancia que separan Nueva York de París.

La competición estaba organizada por los periódicos New York Times y Le Matin y se inspiraban en la carrera Pekín – París de 1907. La idea era alcanzar la ciudad de París lo antes posible dirigiéndose hacia el oeste, todo por carreteras, obviamente habilitadas aun entonces solo para caballos y con la única salvedad de cruzar en ferry el Estrecho de Bering por Alaska en dirección hacia Siberia, un territorio por el que ningún automóvil había circulado todavía. Después llegarían a Moscú, San Petersburgo, Berlín y finalmente París. ¿El premio? Simplemente un trofeo y, sobre todo, el placer de haberlo conseguido.

La mañana del 12 de febrero de 1908 Times Square se vestía de gala para recibir por todo lo alto a los seis participantes: un Protos que competía por Alemania, un Züst por Italia, un De Dion-Bouton, un Motobloc y un Sizaire-Naudin lo hacían por Francia y, finalmente, un Thomas Flyer lo hacía por Estados Unidos.

La mítica plaza de Nueva York se encontraba abarrotada con más de 250.000 aficionados maravillados ante la impresionante carrera que acababa de iniciarse, una aventura que ni el mismo Julio Verne podría haber imaginado. Los héroes que emprenderían tal viaje estaban sin duda a la altura de tamaña hazaña.

G. Bourcier de St. Chaffray que conducía el De Dion, era el organizador de una desastrosa carrera de lanchas motoras entre Marsella y Argel que acabó con todos sus participantes hundidos en el Mediterráneo, su capitán era el aventurero noruego Hans Hendrick Hansen que alardeaba de haber navegado en un barco vikingo hasta el Polo Norte.

Charles Godard, el conductor del Moto-Bloc había participado el año anterior en la mítica Pekín-París sin haber conducido nunca un automóvil, además, ni corto ni perezoso, consiguió un record mundial al pasar más de 24 horas seguidas al volante.

Por su parte, el conductor italiano Emilio Sirtori tuvo que llevarse consigo al joven poeta y periodista italiano Antonio Scarfoglio que había amenazado a su padre, un prominente editor de periódicos napolitano, con embarcarse en la suicida aventura de cruzar el Atlántico en lancha motora sino le dejaba participar en esta carrera.

Pero sin duda el favorito de la afición congregada en Times Square era Montague “Monty” Roberts, una de los primeros conductores de carreras de Estados Unidos, que manejaba el mítico Thomas Flyer junto a George Schuster, un hábil mecánico de origen alemán que a la postre se convertiría en la primera gran leyenda del automovilismo.

El día a día por las terribles carreteras norteamericanas cubiertas de nieve se completaba con extenuantes jornadas de conducción que se iniciaban al alba y concluían hacia las 8 de la tarde, después hasta bien pasada la medianoche los mecánicos tenían que reparar los destrozos en el chasis y drenar el radiador para evitar que se congelará debido a las gélidas temperaturas.

A medida que la carrera avanzaba las disputas entre los competidores aumentaban, principalmente generaba más recelos el contrincante americano del que se decía que recibía ayuda de sus conciudadanos e incluso los italianos llegaron a acusarles de haberse ayudado de un tren para avanzar más rápido utilizando las vías del ferrocarril. La situación era tan tensa entre ellos que a mitad de carrera el noruego Hansen se pasó al equipo americano tras discutir con su compañero St. Chaffray. Ambos compañeros habían acordado dirimir sus diferencias con un duelo de pistolas aunque al no encontrar sus pistolas el francés decidió que lo más sensato era echar al noruego de su equipo.

El amateurismo era tal que cuando el exitoso Thomas Flyer americano conducía líder por el centro del país, “Monty” Roberts decidió abandonar la carrera para tomar un barco hacia Paris para participar en el Grand Prix. George Schuster tendría que conducir el tramo más terrorífico por Alaska y Siberia y una vez llegado a Europa Roberts se uniría de nuevo a ellos.

Cuando los americanos llegaron a Alaska solo quedaban cuatro coches en competición pero la situación que se encontraron allí hacía inviable continuar la carrera según lo previsto. Como informó Schuster, la única manera viable de cruzar el estrecho era desmontar los automóviles y llevar las piezas en trineos de perros. El comité de carrera en París decidió hacerles volver a Seattle, la nueva ruta les llevaría en barco a Vladivostok. Al tiempo que ellos volvían a Seattle el resto de participantes ya habían alcanzado el Pacífico y estaban embarcando hacia Rusia, así los americanos que habían sido los primeros en llegar a la costa oeste serían los últimos en embarcar hacia la segunda parte de la prueba. En compensación la organización decidió otorgar 15 de días de compensación al Flyer, una decisión que sería de vital importancia para el devenir de la carrera.

El paso por el continente asiático fue una verdadera calamidad, los participantes tuvieron que enfrentarse a bandidos chinos, tigres de bengala, fiebres, plagas, mosquitos y el terrible barro provocado por los monzones que hacía impracticables las carreteras. Pero sin duda la mayor pesadilla era encontrar gasolina, sobre todo en la tundra siberiana.

Aunque, tras muchas penalidades, el sábado 26 de julio a las seis de la tarde llegaba a París el destartalado Protos que conducía el teniente Koeppen que era recibido con una calurosa bienvenida de los parisinos y las felicitaciones de los organizadores del periódico Le Matin. Al mismo tiempo Schuster y su Flyer llegaban a Berlín donde eran recibidos como héroes en el Imperial Automobile Club, el intrépido mecánico alemán sabía que contaba con un margen más que suficiente para proclamarse campeón. Contaba con los 15 días de gracia que le había otorgado la organización por el incidente de Alaska a los que había que sumar dos semanas más de penalización al Protos por haber utilizado el tren en Estados Unidos. Finalmente Schuster arribó a París cuatro días después como el gran campeón que había recorrido los 35.000 kilómetros empleando para ello 41 días, 8 horas y 15 minutos. El tercer superviviente de la carrera, el coche italiano Zust llegaría a París en el mes de septiembre con la misma satisfacción personal que el resto de participantes en la carrera del siglo.

Esta no solo fue la carrera que dio paso a toda una nueva cultura del motor de competición (a la que debemos hoy en día el circo de F1) sino que significó la victoria final del automóvil como el nuevo transporte de masas. El genio de la comedia cinematográfica Blake Edwards inmortalizó esta mítica carrera en la película La Carrera del siglo de 1965.

Homo floresiensis, el hobbit humano

Dentro de la larga y controvertida historia de nuestra especia hay un género humano que resalta por encima de todos por sus enigmáticas características. Es el Homo floresiensis, un diminuto habitante de la Isla de Flores (en el archipiélago de Indonesia), que tras su descubrimiento en 2003 sorprendió a la comunidad científica internacional.

El espécimen, descubierto en la cueva de Liang Bua, apenas media 1 metro de altura y tenía una capacidad craneana de tan solo 380 cm3, una microcefalia que le asimila a los chimpancés actuales o los primeros australopitecos (el paso inicial de la evolución del género homo). Debido a su diminuto tamaño, los investigadores tuvieron la brillante y marketiniana idea de denominarlo hobbit en honor a la raza fantástica que ideó J.R. Tolkien y que por entonces estaba muy en boga, cinematográficamente hablando.

Lo cierto es que la historia del Homo floresiensis parece ideada por la mente de Steven Spielberg. Al parecer, este diminuto individuo humano se alimentaba de elefantes enanos (stegodones), ratas gigantes, y enormes dragones de Komodo, en un paisaje que debía parecerse más bien a la isla del Mundo Perdido. Pero aunque pueda parecer ciencia ficción, todo tiene su explicación: el proceso de enanismo o gigantismo de la especies está asociado a lo que se denomina como especiación alopátrica, es decir, una especiación por aislamiento geográfico que determina su deriva genética. Tenemos algunos datos cercanos que lo atestiguan como por ejemplo una particular raza de conejos gigantes que habitaba la isla de Menorca hasta el Plioceno Medio, el Nauralagus rex.

Junto a este esqueleto más completo, denominado LB1, se encontraron los restos de siete individuos más de similares características e industria lítica asociada muy avanzada, del Paleolítico Superior, aunque muchos investigadores dudan que esta especie pudiera haber ideado con un cerebro tan pequeño.  No obstante la datación de los restos, fijada en torno a hace 18.000 años, muestra que esta mujer fue una de las últimas representantes de esta curiosa especie que desapareció enigmáticamente hace entre 17.000 y 13.000 años. En todo caso, sorprende sobre manera la extraordinaria longevidad de la especia que abarcaría una cronología entre 95.000 y 13.000 años, y el hecho de que un espécimen arcaico pudiera haber sido contemporáneo con los Homo Sapiens modernos, desplazando así al Hombre de Neardental como nuestro último compañero evolutivo.

Según afirman la mayoría de investigadores, aunque el tema ha despertado profundas controversias, el Homo floresiensis podría haber evolucionado del Homo erectus asiático, presente en la zona en su etapa inicial y con rasgos muy parecidos a esta enigmática especie, aunque hay quien apunta también a que su diminuto tamaño se deba a alguna deformidad o problema de crecimiento o incluso que pueda ser una evolución del recientemente descubierto hombre de Dmanisi (Homo Georgicus, también de pequeña estatura).

El puzzle evolutivo de esta especie es complejo, ya que se encontraron en la isla de Flores herramientas líticas de hace 800.000 años en la línea de otros hallazgos contemporáneos del Paleolítico Inferior y con los útiles hallados junto a los Homo floresiensis. En todo caso sorprende como pudieron llegar estos primeros humanos a la isla en tan temprana fecha y superar los 9 kilómetros navegando que había hasta la isla más cercana.

Lo que si que parece más claro es cuando se extinguió esta especie. Debió ser hace unos 12.000 años como resultado de una gran erupción volcánica que aparece en los registros geológicos realizados en la isla y que también terminó con otras especies arcaicas como el stegodon enano o las ratas gigantes de Flores.

También la pseudociencia de la criptozoología ha fijado su objetivo en esta especie que asocian a las leyendas de los isleños sobre unos diminutos hombres de las cavernas, los Ebu Gogo, que según explicaron a los primeros descubridores holandeses de la isla en el siglo XVI reunirían unas características físicas muy similares a los Homo floresiensis. Algunas de estas leyendas afirman que los últimos especímenes sobrevivieron hasta el siglo XIX o que incluso pueden estar aun vivos en alguna otra isla remota de la zona.

Como señala la web del Smithsonian al respecto, son muchas las preguntas que nos quedan por responder:

¿Qué especie humana realizó las herramientas de piedra talladas hace 800.000 años en la isla?

¿Cómo lo hicieron estos primeros humanos para llegar a la isla por mar?

¿Tenían los Homo floresiensis lenguaje, hacían arte o otras formas de expresión cultural?

¿Fue realmente la erupción volcánica de hace 12.000 la que acabó con esta especie?

¿Tuvieron los Homo floresiensis contacto con los Homo Sapiens modernos, de los que fueron contemporáneos?

¿Se parece nuestro ADN al de esta especie?

Como suele pasar en estos casos el debate es acalorado entre los especialistas y sin duda será necesaria una mayor labor investigadora en estos restos, de los que de momento no ha podido extraerse todavía el ADN, así como nuevas prospecciones arqueológicas en la zona para poder desentrañar el misterio que ha supuesto la aparición del hobbit humano para la historia de nuestra evolución.

Para saber más: https://humanorigins.si.edu/evidence/human-fossils/species/homo-floresiensis

Mr. Domingo cumple dos años

 

Tal día como hoy hace dos años iniciaba mi aventura con un blog que no tenía aun muy definida su línea. Empecé con una crítica de un concierto de The Album Leaf  y posteriormente fui añadiendo las más variadas entradas hasta configurar esta curiosa amalgama de artículos que versan sobre todos aquellos temas que me causan interés. Un ejercicio de egocentrismo y proselitismo del que estoy más que satisfecho: en dos años casi un centenar de entradas y más 50.000 visitas así lo atestiguan. En el futuro seguiré intentando ofrecer nuevos artículos sobre todas estas cosas curiosas que nos sorprenden en nuestro día a día cotidiano, ya sea viendo una película, disfrutando de un documental, leyendo un periódico, siguiendo a alguien en twitter o, simplemente, oyendo una conversación. Seguiré navegando en el pasado para buscar respuestas en el presente.

A modo de humilde celebración recordaré los que, estadísticamente (y por suerte personalmente también), han sido los post más visitados en estos años de pequeña historia:

1. Lyudmila Pavlichenko, la mejor francotiradora del Ejército Rojo
2. La increíble historia del “gigante” Primo Carnera
3. El origen de nuestro alfabeto
4. Jacques Henri Lartigue en CaixaForum
5. Stephen Wiltshire, el dibujante prodigio
6. Nadar, el primer gran fotógrafo profesional
7. El terremoto de San Francisco de 1906
8. Las teteras de fantasía de Christopher Dresser
9. Se cumplen 20 años del inicio de la Guerra de los Balcanes
10. Los Banys de Sant Sebastià de Barcelona

Gracias a todos los lectores habituales, seguidores y visitantes ocasionales.

Roy Olmstead, el contrabandista bueno de la Ley Seca



El 1 de enero de 1920 entraba en vigor la Ley Volstead, más conocida como Ley Seca, que prohibía la venta, importación, y fabricación de bebidas alcohólicas en todo el territorio de Estados Unidos. Era la culminación de un largo proceso dirigido por el poderoso Movimiento por la Templanza que logró en 1917 que el Congreso aprobara una resolución a favor de una enmienda a la Constitución de los Estados Unidos (la Enmienda XVIII) que posibilitó con su ratificación dos años después la entrada en vigor de la Ley Seca. Esto fue posible, entre otras muchas razones, gracias a la complicada situación en la que quedó el lobby de emigrantes alemanes (gran parte de la cerveza consumida por los estadounidenses era producida por industrias de inmigrantes alemanes) tras la Primera Guerra Mundial.

Los estadounidenses, grandes bebedores, tuvieron tiempo suficiente para surtirse de todo el alcohol que pudieron antes de la entrada en vigor de la ley, ya que la ingesta de alcohol en sí misma no estaba prohibida sino su venta y distribución. Pero la larga duración de la misma, hasta 1934, hizo que por muchas botellas que hubiesen guardado en su alacena no fuese suficiente para saciar la sed de todo un país alcohólico por naturaleza. En ese momento surgieron las figuras de los grandes contrabandistas/mafiosos que el cine de Hollywood ha hecho eternos como Al Capone, George Remus o más recientemente Nucky Thompson (Broadwalk Empire), pero en esos convulsos años 20 también emergió la figura de una especie de Robin Hood de las bebidas espirituosas: Roy Olmstead.



Roy Olmstead era en 1920 un prometedor e imberbe teniente de la policía de Seattle que se había hecho un nombre en la ciudad gracias a su inteligencia y profesionalismo, curiosamente en la lucha contra el contrabando de alcohol, ya que el estado de Washington había prohibido la venta y distribución de alcohol ya en 1916.

Olmstead enseguida se dio cuenta de que un nuevo y lucrativo negocio clandestino se estaba poniendo en marcha a su alrededor, cuya correa de transmisión era una retahíla de corrupción que salpicaba a todos los ámbitos de las instituciones públicas, y todo ello en manos de ineptos ladronzuelos y matones de barrio puestos a contrabandistas. Él, sin duda, podría hacerlo mucho mejor, todo un mundo de oportunidades se abría ante sus ojos con la aprobación de la ley federal.

 Fábrica del crimen

Al principio, en sus primeros meses de vida, parecía que la Ley Seca surtía efecto. El consumo de alcohol descendió en un 1/3, así como las muertes relacionadas con el alcohol y los arrestos por borracheras. Algunos productores de vino de la región de California empezaron a plantar albaricoques y ciruelas en lugar de uva, las grandes cerveceras del país como la Anheuser-Busch se pusieron a fabricar refrescos y helados mientras surgían nuevas marcas de cervezas sin alcohol y las acciones de Coca-cola subían más del doble. Pero esta ilusión duró poco, la gente quería beber y al tiempo que los bares iban cerrando, abrían sus puertas miles de nuevos “speakeasy”, los bares clandestinos de la Ley Seca.



La prohibición no hizo sino todo lo contrario de lo que se proponía. No solo no descendió el consumo de alcohol en EEUU sino que la ilegalidad del mismo y el continuo ascenso de la demanda propició la aparición de multitud de bandas mafiosas de contrabandistas que florecieron en toda la franja norte tocante a la vecina Canadá así como el Sur, camino de Méjico y el Caribe. Pero no solo la mafia se puso a delinquir sino que el ciudadano común corría el riesgo de caer en el lado oscuro de la ilegalidad y por eso intentaba salvar los pocos resquicios que la ley otorgaba.

Por ejemplo, el prestigioso club privado Yale de Manhattan guardó en sus almacenes durante el año previo a la prohibición, una profética cantidad de botellas suficiente para que sus miembros pudieran subsistir 14 años, justo lo que duró la Prohibición.

Los fabricantes de alcohol de alta graduación pudieron subsistir también gracias a que se permitió el alcohol para uso farmacéutico, producto que sólo podían recetar los médicos. La demanda no aflojó ya que una misteriosa epidemia afectó a los estadounidenses durante esos años y los médicos se vieron “obligados” a prescribir más de 6 millones de recetas de alcohol. Otro de los resquicios que tenía el alcohol para emerger legal era el vino sacramental utilizado en iglesias y sinagogas que creció hasta cifras de millones de galones al año. Las congregaciones de judíos se multiplicaron por 10 y aparecieron multitud de nuevos rabinos con nombres irlandeses o alemanes y rabinos negros.



Corrupción masiva

La prohibición del alcohol había fomentado la proliferación del crimen organizado hasta metas inconcebibles en la historia del país y a todo ello ayudó sobremanera la enorme corrupción que se montó a su alrededor a base de sobornos a diestro y siniestro. Poco ayudaba el hecho de que el Congreso hubiera aprobado la escasa cifra de 1.500 agentes federales para hacer cumplir la Ley en todo el territorio nacional (resultaba a un agente por cada 76.000 norteamericanos). El hecho de que Estados Unidos estuviera viviendo uno de los gobiernos republicanos más ferozmente antifederales con una Administración escuálida no ayudaba mucho tampoco. La Policía, los políticos y los mismos agentes federales cayeron sistemáticamente en la red de sobornos que alcanzaba desde el alcalde más pequeño al mismísimo fiscal general Harry M. Daugherty.



En marzo de 1920 el joven teniente Olmstead estaba descargando en un pequeño embarcadero del norte de Seattle un cargamento de whiskey canadiense cuando los agentes federales arremetieron a tiros contra él y sus hombres. Olmstead perdió su trabajo y tuvo que pagar una pequeña multa de 500 dólares pero a partir de entonces, liberado de su empleo como policía, pudo dedicarse al 100% a la lucrativa empresa del contrabando.

Financiado con la ayuda de 11 secretos socios montó una extraordinaria y eficiente red de contrabando que empleaba a cientos de personas desde contables, pasantes, conductores, marineros, abogados, etc., convirtiéndose en el principal empleador de toda la región de Seattle. Al poco tiempo estaba ganando más dinero en una semana del que había ganado en 20 años como policía.

Con este dinero compró los favores de sus ex compañeros policías, de agentes federales, miembros de la Justicia y hasta del mismo alcalde de Seattle. Todo estaba bajo su control. Pero a diferencia de sus coetáneos de Chicago o Nueva York, Roy no era un mafioso, en esencia era un buen hombre que creía que la Ley Volstead era una injusticia.



Fiel a estos preceptos prohibió a sus hombres portar armas de fuego, como él decía, prefería perder un cargamento de licor que una vida humana. Mientras el resto de grandes capos de la mafia tenían en el contrabando una de sus muchas y delictivas fuentes de ingresos, como la prostitución, el juego o los narcóticos, Olmstead nunca fue más allá del contrabando de alcohol.

Además Roy Olmstead se había ganado la fama de suministrar un excelente producto ya que jamás adulteró su producto con tóxicos químicos para uso industrial como hacía la mayoría para conseguir mayores ingresos. Tanto es así que hasta el futuro magnate de la aviación William Edward Boeing era uno de sus clientes predilectos. Por este motivo la opinión pública empezó a llamarle el contrabandista bueno.

Roy tenía el mundo a sus pies y estaba tremendamente orgulloso del imperio que había montado pero un pequeño desliz le hizo caer justo cuando estaba en la cima de sus carrera. En 1924 los federales intervinieron su línea telefónica en uno de los primeros casos de la historia de escuchas telefónicas y descubrieron todo el entramado delictivo que había organizado.



Olmstead fue condenado en 1926 junto a diversos de sus colaboradores a 4 años de trabajos forzados y a pagar una multa de 8.000 dólares. A pesar de que apeló la sentencia argumentando que las escuchas telefónicas constituían una violación de sus derechos constitucionales (¿les suena?), el Tribunal Supremo confirmó la sentencia y Roy tuvo que cumplir entera su condena.

Como broche final a su historia, a los pocos años de salir de prisión el presidente Franklin D. Roosevelt, el mismo que había derogado la Ley Seca el año anterior, le concedió el perdón presidencial en 1935 restaurando sus derechos constitucionales y ensalzando definitivamente la figura del contrabandista bueno.

Fuente: Ken Burn’s Prohibition Documentary

Nadar, el primer gran fotógrafo profesional



En 1860, apenas 20 años después de que Daguerre presentara su invento en la Academia de Ciencias de París, Gaspard-Felix Tournachon, más conocido como Nadar, abría su impresionante estudio de fotografía en el mítico Boulevard des Capucines de París. El conocido caricaturista había comenzado a coquetear con la fotografía a principios de la década de los cincuenta y llegó incluso a obtener una medalla de Oro en la Exposición Universal de París de 1855.

Reconocido caricaturista de la Francia del Segundo Imperio, Nadar utilizó la fotografía en un principio como mera herramienta para fotografiar a los modelos que después plasmaba en sus caricaturas de personajes famosos como Charles Baudelaire, Honoré de Balzac o George Sand, que recogió en la extraordinaria Pantheón Nadar.



En los cincuenta del siglo XIX el daguerrotipo estaba de moda, la fotografía había iniciado la carrera comercial. En 1840 Wolcott y Johnson abrían en Nueva York el primer estudio de fotografía comercial y un año después se abría en Londres el primer estudio europeo de la mano del industrial del carbón Richard Beard. En poco tiempo el retrato fotográfico causa furor en las principales capitales europeas entre la burguesía más adinerada. Protegidos por estuches de cuero y enmarcados en oro, los pequeños retratos fotográficos se convierten en un objeto imprescindible para las clases altas europeas y norteamericanas, los estudios de fotografía se multiplican.



En París se pasa de una cincuentena de estudios de fotografía a finales de la década de 1840 a ocho veces más a finales de la década de 1860. El mismo Nadar se reirá de esta fiebre de los estudios de fotografía en su obra Lluvia de fotógrafos, a la vez que abría el suyo propio en la misma época…

Pero el empujón definitivo de la fotografía comercial llega con el desarrollo del nuevo formato carte de visite, más manejable, barato y reproducible. Patentado por el fotógrafo Brest Dideri en 1854, este nuevo procedimiento consistía en realizar sobre una misma placa de negativo al colodión, cuatro, seis u ocho tomas, gracias a un chasis especial o una cámara con varios objetivos. Con este nuevo método se obtenían imágenes de pequeño tamaño (6×10 cm) que se pegaban en un cartón con un formato clásico de tarjeta de visita. De este modo la fotografía se ponía al alcance de todos los bolsillos. Si un retrato de daguerrotipo costaba en 1855 entre 25 y 125 francos, según el formato, una carte de visite se vendía por solo 1 franco la pieza.

El fenómeno social se populariza y es entonces cuando Nadar da el gran salto y se decide a abrir su fantástico estudio de fotografía en una de las avenidas más prestigiosas del nuevo París que está diseñando el Barón Haussmann, el boulevard des Capucines. Se trata de un impresionante inmueble acristalado presidido por la firma de Nadar en un escandaloso rojo escarlata. Su interior, como era habitual en los estudios de la época, estaba trufado de obras de arte y estrafalarios objetos de lujo de dudoso gusto. En su estudio todo es rojo desde el suelo al techo, cuyo tejado cuenta con un suntuoso jardín que hace las delicias de sus clientes a los que atienden más de 50 empleados en su momento álgido.



Nadar cuenta con el prestigio de haber ganado la medalla de oro en la Exposición Universal de 1855 con la impresionante serie de fotografías del mimo Deburau realizada junto a su hermano Adrien. En un principio se especializa en los retratos de la bohemia parisina de la que es un asiduo y, posteriormente, con la explosión de la moda de la carte de visite se pliega a la fotografía comercial pero siempre aportando su toque personal.

Nadar jugaba con las composiciones de sus retratos como si de una obra de arte se tratara, los gestos faciales y la iluminación se encargaban de confeccionar la personalidad que saldría retratada en sus fotografías. A diferencia de buena parte de sus colegas aborrecía el artificiosos atrezzo con el que fotografiaban la mayoría de fotógrafos a sus “víctimas” y se negó siempre a practicar coloración o retoque alguno. Buscaba la pureza y la autenticidad de sus modelos consiguiendo unas fotografías intensas que han pasado a la historia de este medio con la categoría de arte.

Por desgracia Nadar, un simple accionista de su estudio, quebró como muchos otros y su pasión por la fotografía se fue apagando al mismo tiempo que se encendía la mecha de su otra gran pasión: la aeronáutica. Pero eso ya es otra historia.









Fuente: La invención de la fotografía: La imagen revelada, Quentin Bajac (Blume, 2011)

La Agencia de Detectives Pinkerton



El concepto de detective privado que hoy en día conocemos y que hemos visto cientos de veces en la gran pantalla nació de la idea de un joven escocés inmigrado a Estados Unidos, Allan Pinkerton. El joven Pinkerton arribó a la tierra de los sueños en 1842, con apenas 23 años, y como tonelero de profesión. Por este motivo, una vez asentado en Chicago empezó a ejercer su oficio con grandes resultados y abrió un negocio de toneles que iba viento en popa. Pero, caprichos del destino, mientras estaba en un bosque cercano a su ciudad cortando leña para confeccionar sus barriles se topó por casualidad con una banda de falsificadores. Presto y raudo, se fue directo a ver al sheriff de su condado y con la información que aportó su testimonio pudo detenerse a toda la banda. Tras alguna que otra pesquisa más que el joven hizo para su comunidad, el condado le ofreció la oportunidad de convertirse en sheriff y tan solo tres años después, en 1849, era nombrado primer detective de la policía de Chicago.

Justo en la cúspide de su incipiente carrera policiaca, Pinkerton dejó el cuerpo para fundar su propia agencia de detectives privados, la North-Western Police Agency, poco después conocida como Pinkerton National Detective Agency cuyo lema era: Nunca dormimos (We Never Sleep). En los años previos a la Guerra de la Secesión su agencia se especializó en la investigación de los robos a los ferrocarriles, que vivían en esta época una auténtica fiebre del oro. Sus prósperos negocios con los magnates del ferrocarril no solo le lucraron ostentosamente sino que también le granjearon poderosas amistades como el mismísimo presidente recién electo Abraham Lincoln al que salvó de un atentado frustrado contra su vida.



Este hecho causó una gran impresión en el presidente que no dudó en contratar los servicios de su agencia una vez iniciada la Guerra Civil. Los agentes de Pinkerton realizaron durante la guerra tareas de espionaje al enemigo, sirvieron como tropas auxiliares y se encargaron de la seguridad del propio Lincoln. El mismo Pinkerton fue nombrado jefe del Servicio de Inteligencia de la Unión entre 1861 y 1862, y llegó a realizar varias misiones de espionaje en territorio confederado bajo el apodo de Comandante E.J. Allen.

Pasada la guerra, Pinkerton retomó su próspero negocio detectivesco en la industria del ferrocarril alcanzando fama internacional. No era raro que países extranjeros lo contrataran para solucionar sus grandes casos, mientras en el interior de su país el gobierno permitía a sus agentes portar armas de fuego y seguía reclamando sus servicios con bastante asiduidad. Era el gran momento de la agencia Pinkerton cuyo poder llegó a ser tal en esos años que se decía que empleaba a más agentes que todo el ejército regular de Estados Unidos.



Fueron años de terribles luchas con los míticos forajidos del Salvaje Oeste como Reno Gang, Butch Cassidy y Sundance Kid y, especialmente, Jesse James. Con el joven Jesse James Allan Pinkerton tuvo una obsesión casi enfermiza y su persecución se convirtió en un asunto personal que trascendió a los medios de comunicación de la época y se convirtió en la comidilla del momento, aunque para su desgracia nunca llegó a cazarlo. El cine y la televisión han hecho el resto.

En sus últimos años, ya muy deteriorado físicamente, Pinkerton y su agencia sufrieron un constante desgaste debido a sus controvertidos trabajos contra las organizaciones obreras. Luctuosos sucesos en manifestaciones obreras que los agentes de Pinkerton intentaban sabotear le granjearon muy mala fama en las postrimerías de su carrera.



Pinkerton murió de una forma totalmente extraña en 1884: se resbaló en una acera y se mordió la lengua pero debido a su mala higiene bucal falleció días después de una infección. Pinkerton estaba trabajando en ese momento en una de sus últimas aportaciones a la investigación criminal, una gran base de datos para centralizar todos los informes de identificación de criminales registrados, base de datos que ahora gestiona el FBI.

Curiosamente, tres años después de su muerte, el detective de ficción más famoso del mundo Sherlock Holmes hacía su brillante debut en Estudio en escarlata, escrito por el también escocés Sir Arthur Conan Doyle. ¿Le influenció en la confección de este personaje universal? Posiblemente sí, aunque no lo sabremos nunca.

En definitiva, Pinkerton no solo creó la primera agencia de detectives del mundo sino que introdujo novedosas técnicas de investigación que hoy aún se usan como el seguimiento o rastreo de sospechosos o la suplantación o creación de personajes para misiones de espionaje. Su legado aún sigue vivo aunque la imparable globalización de la economía internacional ha hecho que la mítica Pinkerton National Detective Agency esté ahora en manos del grupo sueco Securitas AB.