Venturas y desventuras del indomable Rafael de Nogales

La historia del venezolano Rafael de Nogales Mendéz daría para filmar decenas de películas. Pocos aventureros del siglo XX han tenido una vida tan azarosa y dispar como la de este soldado y revolucionario eterno. Entre el paso del siglo XIX al XX, Nogales combatió en la Guerra de Cuba, en la Guerra Civil venezolana de 1902, en la guerra ruso-japonesa (1904), fue cazador de ballenas en Alaska, revolucionario en México, vaquero en Arizona y se le considera uno de los fundadores de la ciudad de Fairbanks, aunque quizás su aventura más celebrada sea su testimonio del horror del genocidio armenio como miembro del ejercito turco durante la Primera Guerra Mundial.

Nacido en la ciudad venezolana de San Cristobal en 1879 hijo de acaudalados padres españoles, el joven Rafael tuvo la fortuna de ser educado en Alemania, Bélgica y España, donde además de recibir instrucción militar, aprendió a hablar perfecto inglés, francés y alemán, además de árabe y chino. Completada su formación inició su primera aventura junto a sus paisanos españoles en la Guerra de Cuba de 1898, luchando contra los estadounidenses, tras huir a Haití, recorre el norte de África, la India, Afganistán, Indonesia y Angola, al tiempo que vuelve a su país para participar en la denominada Revolución Libertadora. Cayendo en el lado perdedor no le queda otro remedio que volver al exilio y decide embarcarse en la guerra ruso-japonesa de 1904 como espía para los nipones, antes de volver de nuevo a Venezuela tras la caída de Cipriano Castro y tener que huir otra vez más con el ascenso de Juan Vicente Gómez, frente al que se levanta en armas. En total solo podría pasar 15 de sus 59 años en su patria.

En 1914, con 34 años y un currículum impresionante de revolucionario y galán latino de fino bigote, se embarca enseguida en el vapor correo Cayena que sale de Martinica rumbo a Europa donde acaba de iniciarse la Gran Guerra. Una vez llegado al caótico Calais de la Primera Guerra Mundial inició un esperpéntico periplo por todas las embajadas pidiendo el ingreso en sus ejércitos regulares. Primero probó en Bélgica, animado por lo pequeño de sus dimensiones y su heróica actitud ante el agravio alemán, pero fue rechazado, entonces lo intentó en Francia con idéntica respuesta, similares decepciones cosechó ante rusos y serbios, e incluso tentó a la suerte en el minúsculo reino de Montenegro, donde acabaría arrestado por espionaje. Desesperado, decidió pasarse al bando contrario y alistarse en el ejército turco, el único que quiso aceptarle, en tres semanas marchaba hacia el frente del Cáucaso.

Miembro de las Fuerzas Expedicionarias Turcas será testigo de la Matanza de Van donde son vilmente masacrados miles de armenios como explicará en su libro  Cuatro años bajo la Media Luna (1925), uno de los testimonios occidentales más destacados del genocidio armenio. Terriblemente conmocionado por estos hechos intenta sin éxito desmovilizarse, aunque con serias dudas sobre su integridad física en el ejército turco consigue ser destinado a Mesopotamia donde estará bajo el mando del general alemán Colmar Von der Golz. En su lucha contra los ingleses Nogales destacará enormemente por sus virtudes en combate y recibirá  la Cruz de Hierro de Primera Clase de manos del káiser Guillermo II así como el sable de Mejishovon y la estrella de Mechedieh.

Cerrado el capítulo europeo, Nogales vuelve a latinoamérica en busca de nuevas revoluciones y causas que apoyar como la del nicaragüense  Augusto César Sandino, del que se hará gran amigo, o en California con el revolucionario mexicano Ricardo Flores Magón. De vuelta en Venezuela tras la muerte de  Juan Vicente Gómez recibe el encargo de dirigir un puesto de aduanas pero decepcionado con el nuevo dirigente del país, López Contreras, decide exiliarse de nuevo a Panamá donde morirá poco después de una pulmonía. Rafael de Nogales cerraba así un extraordinario periplo aventurero por todo el mundo digno de un personaje universal.

Me he considerado un ciudadano del mundo en todos los lugares del orbe en que alguna cosa se proyectaba. Un dictador que derrocar. En ejército de patriotas que organizar y dirigir. Una utopía de oro que sobrellevar. Una ballena que arponear. Una injusticia política que señalar para presentarla desnuda al mundo. En medio de todo ello he sostenido un sólo propósito: la liberación de mi país, Venezuela, de la tiranía que lo agobia (…) Dios quiera que la experiencia de mis años de lucha pueda concentrarla con fuerza en ese esperado acontecimiento.

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