Vikings y la Inglaterra de los siete reinos

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Estamos en una año muy vikingo. El mes pasado se inauguró en el British Museum de Londres una espectacular exposición sobre los vikingos que puede visitarse hasta el 22 de junio, a su vez en Barcelona el museo Marítimo también inauguraba hace pocas semanas su propia muestra sobre los terribles ‘hombres del norte’, más modesta que la anterior pero igualmente interesante. Y en estos momentos también podemos ver en antena la segunda temporada de la serie Vikings, una espectacular recreación del canal History Channel que está teniendo mucho éxito en todo el mundo.

El tema vikingo siempre ha suscitado mucho interés por su altamente atractivo cóctel de violencia, erotismo y ritos paganos de lo más cinematográficos. No son pocas las películas de todas las épocas que recrean, sin demasiada verosimilitud histórica, dicho sea de paso, las aventuras de los vikingos. En este caso que nos ocupa, pese a los muchos errores e incorrecciones históricas que salpican la trama podemos decir que se ha hecho un considerable esfuerzo de realismo histórico tanto en la cuidada ambientación como en los personajes históricos.

Aparentemente la historia que recrea la serie se sitúa entre finales del siglo VIII y los primeros años del siglo IX, justo cuando los vikingos inician sus razias en Inglaterra. La trama sigue los pasos de la figura mítica del guerrero Ragnar Lodbrok y las primeras acometidas de los hombres del norte en tierras inglesas. En la primera temporada tendrá especial protagonismo el saqueo de la abadía de Lindisfarne, el 8 de junio de 793, considerado como el inicio oficial de la Era Vikinga con su llegada bañada en sangre a la Inglaterra de la Alta Edad Media.

Y es precisamente este punto el que me parece más interesante de esta serie, la recreación de una época muy poco explorada y el retrato de la Inglaterra de la Heptarquía, la Inglaterra de los siete reinos, una desconocida y apasionante parte de la historia inglesa que muchos han olvidado.

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En esta época Inglaterra era un territorio muy diferente a la Inglaterra medieval que todos recordamos: la fría Inglaterra de las grandes catedrales, las leyendas artúricas y las grandes batallas con los reyes franceses. La Inglaterra de la Alta Edad Media era un auténtico avispero de reinos que batallaban unos contra otros con una controvertida mezcla étnica y lingüística, y unos paisajes verdes, llenos de viñedos y fértiles terrenos propiciados por el inicio del denominado Óptimo Climático Medieval, el mismo que permitió a los vikingos colonizar Groenlandia y Norteamérica.

Como gran parte de Europa en la transición de época romana a los inicios del medievo, Gran Bretaña también se vio afectada por las corrientes migratorias de pueblos germanos pero con la diferencia sustancial de que en este territorio la romanización había sido parcial básicamente hasta el Muro de Adriano.  Las últimas tropas romanas habían abandonado a su suerte este territorio  en el año 407, momento en el cual se inician las grandes invasiones, de celtas y escotos procedentes de Irlanda, por una parte, y de germanos (anglos, sajones y juros) procedentes de Dinamarca, por otra. La población britona autóctona, ya de por sí muy pacífica y romanizada, sufrió una terrible persecución y fue masacrada, lo que forzó una gran emigración hacia el norte de Francia (que daría lugar a la región de la Bretaña francesa) e incluso a algunos lugares de Asturias y Galicia.

Su población cristianizada recientemente quedó prácticamente enclavada en lo que sería el actual País de Gales-Cornualles  y algunos puntos del norte de Escocia. Esta parte de la historia inglesa nos es bastante desconocida ya que solo contamos con una única fuente, la Historia Anglorum que escribió Beda el Venerable en el siglo VIII. Los pueblos germánicos que ocuparon Inglaterra, anglos, jutos y sajones, fueron cristianizados hacia finales del siglo VI en tiempos de San Gregorio Magno. Es a partir de ese momento en el que podemos hablar de la Heptarquía anglosajona, básicamente un reduccionismo histórico par agrupar a los principales reinos que se disputarían el dominio de la isla entre los siglos VI y IX.

Siete fueron los reinos principales: Sussex, Essex y Wessex (sajones), Anglia del Este, Mercia y Northumbria (anglos) y Kent (jutos). Aunque en realidad la historiografía ha demostrado que existieron multitud de reinos y entidades políticas menores en esos tiempos oscuros con gran importancia en la política interna inglesa del momento. Los britanos supervivientes en Gales y Cornualles, los pueblos pictos del norte, los invasores celtas y escotos, etc.

Las invasiones vikingas, como bien nos muestra la serie Vikings, empezaron oficialmente con el ataque del monasterio de Lindisfarne en Northumbria, donde se llevarán como botín al joven monje copista Athelstan, tan importante para el devenir futuro de la serie. Lo realmente paradójico del asunto es que esta segunda oleada de invasiones provienen precisamente de la misma Escandinavia de la que llegaron antes anglos, sajones y jutos. La Historia se repite.

La Inglaterra de la época, como hemos visto, ya estaba plenamente cristianizada a estas alturas y estaba formada por multitud de reinos que mantenían una cierta jerarquía y batallaban entre sí por el título de  Bretwalda, o rey de los británicos. Como podemos observar en la serie, se trataba de reinos a pequeña escala, con una reducida aristocracia, también en el aspecto material, tanto es así que a los arqueólogos que estudian estos sustratos históricos muchas veces les cuesta diferenciar la procedencia del extremos más próspero del de los campesinos comunes, ya que muchos de ellos conservaban aún la condición de libres o “ceorls”.

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En los escenarios de la primera temporada y sobre todo de la segunda, vemos unos palacios más parecidos a villas romanas y unas ciudades y abadías más bien modestas para lo que el imaginario común tiene sobre la Edad Media inglesa. La influencia de la corte franca, el gran poder del momento con Carlomagno al frente, se nota también en estas latitudes en cuanto a ritos y modas estéticas muy del gusto del pasado romano.

Una de las particularidades que diferenciaban a los reinos ingleses del resto de Occidente era la práctica desaparición del latín hablado en la isla, cuando los primeros monjes iniciaron la cristianización una de las primeras acciones que tuvieron que llevar a cabo fue enseñar el latín, lengua de la Iglesia. Para ello se estudiaba un latín antiguo en los clásicos libros de gramática latina ya muy desfasado del que hablaban los pueblos de origen romano, razón por la cual se fueron formando las lenguas románicas como primitivas formas de castellano, catalán, francés o italiano.

Cabe destacar también otro punto importante que se ve reflejado también en esta serie como es la importancia del monacato en Irlanda y Gran Bretaña. Repleto de focos monásticos, los monjes ingleses e irlandeses destacaban por su alto nivel cultural, por su rigorismo y por seguir prácticas distintas a las del resto de Occidente como en el cómputo de la Pascua, en la administración del bautismo y en la ordenación sacerdotal.

Los vikingos y sus drakkar, los rápidos y robustos buques, intensificaron y diversificaron sus ataques y en un periodo de poco más de un siglo saquearon las costas de Frisia y Inglaterra con muchos más barcos y hombres de los que refleja la serie. Podían llegar a 50 o 100 naves y ejércitos de varios miles de hombres. A partir del éxito de esas primeras razias vikingas en pocos años tanto noruegos como daneses llegaron a saquear Amberes (836), Rouen, Nantes y Toulouse (8841), Gijón y La Coruña (844), Lisboa y la Sevilla musulmana pocos después, Barcelona, Provenza y el norte de Italia (859).

La Inglaterra vikinga de 878

La Inglaterra vikinga de 878

A partir del 834, tras un breve parón en la intensidad de las incursiones, los vikingos inician la conquista sistemática de la isla, ante la que los pequeños reinos de Heptarquía perecieron uno tras otro. Tan solo resistió Wessex con el rey Alfredo al frente que pudo mantener la independencia gracias a la paz de Wedmore (878) y se formó el mítico reino danés de Danelaw en el centro y norte de Inglaterra. Su nieto  Athelstan unificaría Gran Bretaña años después aunque con una estructura aún muy frágil que caería fácilmente a una segunda oleada de vikingos, esta vez los cristianizados y afrancesados normandos, pero eso ya es otra historia.

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