Hell on Wheels, una sucia maravilla

Cuando se habla de producciones históricas siempre tengo una máxima: cuanto más sucio, mejor. Dejémonos de tonterías, el pasado en su grandísima mayoría era un mundo hediondo y zarrapastroso. Y si, como en la serie que nos ocupa, estamos hablando del indómito territorio de Nebraska en 1865, debe haber barro, suciedad, bajeza moral y mucho alcohol barato. Por suerte en Hell on Wheels los hay y a raudales.

La nueva producción de la AMC destila autenticidad en cada uno de los escupitajos que sazonan todos sus capítulos. Esputos que se mezclan con el barro, con los aromas a prostituta barata y alcohol de alambique casero. Esa es la esencia de la historia de ese gran país construido con el sudor y la vida de millones de inmigrantes a base de laxitud moral y con el dólar como único y verdadero guía espiritual. Ese es el leitmotiv que lleva a Thomas C. Durant, inversor con pocos escrúpulos, a emprender la carrera para conseguir unir este vastísimo país de punta a punta mediante el ferrocarril, la línea que traerá el futuro a América.

La trama de esta serie es bien sencilla, un perdedor de libro, Cullen Bohannon, ex soldado sureño en busca de venganza por el cruel asesinato de su esposa e hijo, se une al pueblo itinerante denominado Hell of Wheels que está construyendo el ferrocarril transcontinental en medio del ambiente aun crispado posterior a la reciente Guerra de Secesión (1861-1865). Éste no es más que un conjunto anárquico de tiendas de campaña que va siguiendo las obras de colocación de la línea de ferrocarril de la compañía de Durant, la Unión Pacific, en su acérrima lucha contra su homónima, la Central Pacific, que había empezado la línea desde el oeste. Mientras la Central Pacific utiliza a la recién llegada inmigración china, la Union Pacific, emplea básicamente a inmigrantes irlandeses de la peor calaña y ex esclavos liberados, un coctel explosivo con el que el bueno de Cullen Bohannon tendrá que lidiar como capataz.

Hell on Wheels nos habla de un época fascinante en un territorio en guerra. En guerra con los pueblos indios que se resisten a colonizarse y en guerra con la propia codicia de los hombres blancos, dispuestos a desenfundar su revolver hasta por el último centavo. Un momento de terrible agitación política tras una devastadora y sangrienta guerra fratricida que dejó más de 600.000 muertos (más incluso que en la Segunda Guerra Mundial, por parte norteamericana) y millones de damnificados social y económicamente.

Todos estos hechos se ven reflejados en la serie mediante pequeños guiños entre todo el elenco de personajes, todos juegan su papel para explicarnos esta gran historia. Todo ello intentando reflejar al máximo la crudeza del momento sin traicionar por ello los golpes de efecto tan necesarios en la práctica televisiva.

A partir de aquí llegamos a los lugares comunes de la narración cinematográfica: la clásica historia de amor entremezclada en la trama, la prostituta buena maltratada por la vida, el esclavo combativo y resentido, el malo malísimo de comic, y cómo no, el héroe atormentado por su pasado.

Sin duda el papel de Anson Mount como héroe poliédrico capaz de combinar la brutalidad masculina del forajido americano con un punto de ternura bondadosa que a duras penas consigue fluir entre los recuerdos de su terrible pasado, resulta más que convincente.  Acabas queriendo al personaje (aunque cueste unos capítulos). Pero es bien cierto que hay otros personajes que chirrían un poco, como la coprotagonista femenina, Lily Bell, la viuda del topógrafo asesinado por los indios, un personaje forzado que no acaba de encontrar su sitio, por lo menos en esta primera temporada. Tampoco convencen los personajes pieles rojas, protagonistas de ciertos pasajes esotéricos que me han recordado en cierta manera los episodios un pelín psicotrópicos protagonizados por los búfalos en la fantástica Into the West (esa pequeña joya que nos regaló Spielberg hace unos años).

Capítulo a parte merece el enigmático personaje de “el sueco”, un inmigrante noruego de tez acartonada, pelo engominado y pérfida gabardina oscura más propia de un villano de la Marvel que de un capataz del Medio Oeste. Me encanta, aunque parezca metido con calzador en medio de la planicie norteamericana, tiene un algo que lo hace fascinante. A medida que pasan los capítulos quieres saber más sobre su pasado y ese atribulado mundo interior que le hace flagelarse por las noches a escondidas en su caravana.

En cualquier caso, a la hora de enfrentarse a Hell on Wheels no hemos de pensar en el gran referente del western televisivo moderno, léase Deadwood. Esto es otra historia, otro ritmo, otra manera de hacer televisión. Esto es la AMC, una cadena con un mayor gusto por el riesgo visual con productos sorprendentes y efectivos como Breaking Bad, The Walkind Dead o la más clasicona Madmen, una alternativa muy interesante a la literatura audiovisual y la pulcritud argumental de la HBO. Hell on Wheels llega directo al televidente, impacta, mientras Deadwood sublima el lenguaje televisivo para acceder a ti de una forma menos atribulada. Pero ambas opciones son totalmente loables y plenamente satisfactorias.

Podemos entender Hell on Wheels como una nueva vuelta de tuerca al género del western televisivo con un mayor gusto por el impacto y un lenguaje audiovisual arriesgado. Pero como todo, serán las sucesivas temporadas las que permitirán juzgar la serie en su conjunto partiendo de unas pautas bien fijadas en esta temporada inicial, que empieza con un piloto más bien flojo pero que va mejorando, y de qué manera, a medida que avanza la trama.

De momento en Estados Unidos ya se ha terminado la primera temporada con solvencia y se ha anunciado una segunda ya en camino, por lo que respecta a nuestro país, la serie llegará durante este 2012 de la mano de Antena 3, abonada últimamente a las series de calidad (cosa que es de agradecer).

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