Xerox y el arte de copiar: la revolucionaria historia de la fotocopiadora

Carlson, Chester

 

Hoy en día vivimos en un frenesí tecnológico que muchas veces nos hace pasar desapercibidos grandes cambios sociales y económicos motivados por novedades tecnológicas. El ejemplo más claro que quizás todos tenemos en mente es el teléfono móvil que directamente ha revolucionado nuestras vidas. Pero pocos pensaréis que un aparato tan tosco y comúnmente olvidado en oficinas de medio mundo, en su momento revolucionó nuestra manera de trabajar hasta límites insospechados: era la máquina fotocopiadora y la inventó el físico Chester Carlson.

La idea de reproducir documentos ha sido una constante en nuestra historia, a ella debemos la creación del inventó más revolucionario del Renacimiento: la imprenta de Gutenberg. Después vinieron numerosos intentos más o menos estrafalarios como el Pantografo, un artilugio para copiar la escritura que después tuvo otras interesantes aplicaciones, el Mimeograph, del que el mismo Edison construyó una patente (¡cómo no!) o un extraño propotipo que inventó el mismo James Watt. Todos los intentos resultaron infructuosos, pero justo al inicio del siglo XX, cuando se inicia la gran era de los oficinistas, aparecieron numerosos aparatos destinados a copiar documentos, una necesidad acuciante para la mayoría de las empresas nacidas al calor del capitalismo.

Edison, patentando que es gerundio.

Edison, patentando que es gerundio.

De entre la multitud de ingenios que se comercializaban en esta época hubo uno que destacó por encima de todos: las máquinas Photostat y Rectigraph. Ambos métodos, desarrollados en la primera década del siglo, ‘fotografiaban’ directamente el documento, es decir, tras una exposición de 10 segundos generaban un negativo que tenía que revelarse e imprimirse la copia o copias. Total, que el proceso como poco duraba una tarde o un día entero. Esto fue lo que animó a Chester Carlson, por entonces trabajador de una oficina de patentes y acostumbrado a bregar con las copiadoras, a construir una máquina de copiar que pudiese hacer las copias en la misma oficina y al instante.

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En un primer momento Carlson intentó hacer evolucionar la idea de las photostat, basada en el proceso fotográfico, pero pronto vio que era una vía sin mucho más recorrido. Así que decidió probar otro campo de estudio: la luz. Entre el papel y la tinta impresa podemos distinguir claramente una cosa de la otra, ya que la tinta absorbe la luz y el papel la refleja. Pero ¿cómo aprovecharse de este hecho? Un libro publicado hacía pocos años le dio la respuesta: Photoelectric Phenomena.

La fotoelectricidad es un fenómeno complejo cuya explicación le valió a Albert Einstein el premio Nobel en 1921. Dentro de esa dificultad Carlson encontró la clave para desarrollar su nuevo invento: la fotoconductividad. Con un material fotoconductivo expuesto a la luz podría reproducir documentos. Los primeros intentos realizados en su casa fracasaron y Carlson se sumergió de nuevo en la bibliografía más técnica hasta dar con un inventor húngaro, Paul Selenyi, que había desarrollado un ingenio para realizar copias mediante cargas electroestáticas. Sus estudios sobre las cargas electroestáticas junto a la utilización de la tinta seca acabaron por desarrollar su invento. Tras muchos e infructuosos intentos en 1938 pudo reproducir en su laboratorio la primera imagen xerográfica de la historia.

La primera fotocopia de la historia

La primera fotocopia de la historia

Su funcionamiento era el siguiente: una superficie es cargada con electricidad estática en forma uniforme. Dicha superficie es expuesta a luz que descarga o destruye la carga eléctrica, quedando cargadas solo aquellas áreas donde hay sombra. Un pigmento de polvo (tinta seca o tóner) se fija en estas áreas cargadas haciendo visible la imagen, que es transferida al papel mediante un campo electrostático. Finalmente el uso de calor y presión fijaban la tinta al papel.

Carlson patentó su invento e intentó venderlo infructuosamente a varias empresas, pero no fue hasta 1947 que una pequeña empresa de Nueva York, la Haloid Company, adquirió los derechos de la patente para su desarrollo comercial. La Haloid pasaría a llamarse Xerox Company en 1961 y tardaría más de una década en poder sacar al mercado su primera máquina fotocopiadora automática de papel para oficinas, la mítica Xerox 914. La era de la copias comenzaba.

En 1959, tras lanzar en los últimos años numerosos prototipos, Xerox saca por fin al mercado el gran sueño de Carlson. Los resultados no se hacen esperar y la 914 tiene un éxito brutal de ventas. Xerox estimaba que sus clientes harían una media de unas 2.000 copias al mes pero la realidad es que estaban haciendo 10.000 y algunos incluso 100.000 copias al mes.

El jefe de Xerox con uno de los primeros modelos de 914

El jefe de Xerox con uno de los primeros modelos de 914

Tardó cerca de 20 años en desarrollarse pero la espera valió la pena, el primer modelo comercializado a pesar de sus gigantescas dimensiones (en algunas oficinas tuvieron que tirar puertas a bajo para hacerle sitio), obtuvo unos resultados asombrosos y realizaba copias de calidad en tan sólo 7 segundos. El sueño de Carlson hecho realidad, por fin.

Si antes de la salida al mercado de la 914 en EEUU se realizaban 20 millones de copias al año, para 1966, apenas 5 años después se llegó a la cifra de 16.000 millones de copias.

Este hecho supuso un cambio radical en el consumo de información, haciendo crecer exponencialmente la cantidad de información disponible en el mundo. Antes de la aparición de la Xerox cuando llegaba una carta importante a la oficina de una gran empresa apenas llegaban a conocer su contenido los más altos cargos de la misma, ahora era posible en muy poco tiempo repartirla entre todos los empleados de la empresa.

La documentación se multiplicó sin mesura, podían hacerse copias fácilmente de documentos, informes, trabajos, etc. La Xerox 914 supuso una revolución para las empresas, ahorraba tiempo y dinero de las costosas reproducciones anteriores y abría cantidad de nuevos usos para las grandes corporaciones.

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Con el fácil acceso que tenían los oficinistas a la máquina fotocopiadora, los white collar americanos empezaron a fotocopiar enfermizamente. Recortes de periódico, libros, revistas, invitaciones a fiestas, sus propias manos… su trasero. La locura de las copias había abierto unas puertas inauditas para el ser humano, ávido de saber por naturaleza, y también de cotillear.

Aunque hoy pueda parecer un poco surrealista, para el ciudadano de a pie la fotocopiadora se convirtió en la herramienta perfecta para hacer circular dibujos graciosos, bromas gráficas y hasta pornografía. Algo que nos recuerda a la locura de los grupos de Whatsapp que vivimos hoy en día.

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Pero las fotocopiadoras también se convirtieron en un peligro nacional para según que sectores. Las editoriales vieron peligrar su próspero negocio, parecía que ahora cualquiera podría autoeditarse e imprimirse sus propios libros. El reconocidísimo investigador de la Comunicación Marshall McLuhan afirmaba en 1966 que “la xerografía ha traído el terror al mundo editorial, porque significa que ahora cualquier lector puede ser a la vez autor y editor”.

La cosa no fue para tanto y los peligros de la autoedición se canalizaron culturalmente en una edad de oro del DIY. Fanzines, panfletos políticos, revistas literarias y multitud de pequeñas ediciones independientes proliferaron especialmente en los agitados años que van de finales de los 60 a principios de los 70. En las universidades, sobre todo a partir de fianles de los 70 con la libertad de copygright ya legislada, supuso una explosión de conocimiento y facilitó mucho la divulgación científica y la propia preparación de las clases.

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Por otro lado, para el gobierno y los servicios secretos más copias significaban mayor peligro. Empezaba la gran época de las filtraciones de documentos, hasta ahora más bien inéditas. Daniel Ellsberg filtró los famosos Papeles del Pentágono sobre las mentiras de la Guerra del Vietnam gracias a la fotocopiadora que tenía un amigo de su hijo. El miedo a las fotocopiadoras fue tal que en el hermético régimen soviético controlaban militarmente el acceso a estos endiablados aparatos.

75 años después de su invención el sueño de Chester Carlson ha dado un nuevo paso de gigante con las impresoras en 3D, una revolución de la que aún no somos realmente conscientes. ¿Cómo asumirá nuestra legislación la capacidad de copiar cualquier objeto? ¿Hasta dónde llegará la tecnología de impresión en 3D? Un nuevo hito en nuestra sociedad de las copias parece que se ha iniciado, veremos hacia donde nos lleva de nuevo el sueño de Chester Carlson.

 

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