La carrera del siglo: New Yok – Paris 1908

En los albores de la automoción tuvo lugar la que ha venido a denominarse como la carrera del siglo. Una competición automovilística sobresaliente que levantó una expectación nunca vista en ambos continentes y en la que 6 coches y 6 valientes pilotos se enfrentaron a la titánica tarea de recorrer los 35.000 kilómetros de distancia que separan Nueva York de París.

La competición estaba organizada por los periódicos New York Times y Le Matin y se inspiraban en la carrera Pekín – París de 1907. La idea era alcanzar la ciudad de París lo antes posible dirigiéndose hacia el oeste, todo por carreteras, obviamente habilitadas aun entonces solo para caballos y con la única salvedad de cruzar en ferry el Estrecho de Bering por Alaska en dirección hacia Siberia, un territorio por el que ningún automóvil había circulado todavía. Después llegarían a Moscú, San Petersburgo, Berlín y finalmente París. ¿El premio? Simplemente un trofeo y, sobre todo, el placer de haberlo conseguido.

La mañana del 12 de febrero de 1908 Times Square se vestía de gala para recibir por todo lo alto a los seis participantes: un Protos que competía por Alemania, un Züst por Italia, un De Dion-Bouton, un Motobloc y un Sizaire-Naudin lo hacían por Francia y, finalmente, un Thomas Flyer lo hacía por Estados Unidos.

La mítica plaza de Nueva York se encontraba abarrotada con más de 250.000 aficionados maravillados ante la impresionante carrera que acababa de iniciarse, una aventura que ni el mismo Julio Verne podría haber imaginado. Los héroes que emprenderían tal viaje estaban sin duda a la altura de tamaña hazaña.

G. Bourcier de St. Chaffray que conducía el De Dion, era el organizador de una desastrosa carrera de lanchas motoras entre Marsella y Argel que acabó con todos sus participantes hundidos en el Mediterráneo, su capitán era el aventurero noruego Hans Hendrick Hansen que alardeaba de haber navegado en un barco vikingo hasta el Polo Norte.

Charles Godard, el conductor del Moto-Bloc había participado el año anterior en la mítica Pekín-París sin haber conducido nunca un automóvil, además, ni corto ni perezoso, consiguió un record mundial al pasar más de 24 horas seguidas al volante.

Por su parte, el conductor italiano Emilio Sirtori tuvo que llevarse consigo al joven poeta y periodista italiano Antonio Scarfoglio que había amenazado a su padre, un prominente editor de periódicos napolitano, con embarcarse en la suicida aventura de cruzar el Atlántico en lancha motora sino le dejaba participar en esta carrera.

Pero sin duda el favorito de la afición congregada en Times Square era Montague “Monty” Roberts, una de los primeros conductores de carreras de Estados Unidos, que manejaba el mítico Thomas Flyer junto a George Schuster, un hábil mecánico de origen alemán que a la postre se convertiría en la primera gran leyenda del automovilismo.

El día a día por las terribles carreteras norteamericanas cubiertas de nieve se completaba con extenuantes jornadas de conducción que se iniciaban al alba y concluían hacia las 8 de la tarde, después hasta bien pasada la medianoche los mecánicos tenían que reparar los destrozos en el chasis y drenar el radiador para evitar que se congelará debido a las gélidas temperaturas.

A medida que la carrera avanzaba las disputas entre los competidores aumentaban, principalmente generaba más recelos el contrincante americano del que se decía que recibía ayuda de sus conciudadanos e incluso los italianos llegaron a acusarles de haberse ayudado de un tren para avanzar más rápido utilizando las vías del ferrocarril. La situación era tan tensa entre ellos que a mitad de carrera el noruego Hansen se pasó al equipo americano tras discutir con su compañero St. Chaffray. Ambos compañeros habían acordado dirimir sus diferencias con un duelo de pistolas aunque al no encontrar sus pistolas el francés decidió que lo más sensato era echar al noruego de su equipo.

El amateurismo era tal que cuando el exitoso Thomas Flyer americano conducía líder por el centro del país, “Monty” Roberts decidió abandonar la carrera para tomar un barco hacia Paris para participar en el Grand Prix. George Schuster tendría que conducir el tramo más terrorífico por Alaska y Siberia y una vez llegado a Europa Roberts se uniría de nuevo a ellos.

Cuando los americanos llegaron a Alaska solo quedaban cuatro coches en competición pero la situación que se encontraron allí hacía inviable continuar la carrera según lo previsto. Como informó Schuster, la única manera viable de cruzar el estrecho era desmontar los automóviles y llevar las piezas en trineos de perros. El comité de carrera en París decidió hacerles volver a Seattle, la nueva ruta les llevaría en barco a Vladivostok. Al tiempo que ellos volvían a Seattle el resto de participantes ya habían alcanzado el Pacífico y estaban embarcando hacia Rusia, así los americanos que habían sido los primeros en llegar a la costa oeste serían los últimos en embarcar hacia la segunda parte de la prueba. En compensación la organización decidió otorgar 15 de días de compensación al Flyer, una decisión que sería de vital importancia para el devenir de la carrera.

El paso por el continente asiático fue una verdadera calamidad, los participantes tuvieron que enfrentarse a bandidos chinos, tigres de bengala, fiebres, plagas, mosquitos y el terrible barro provocado por los monzones que hacía impracticables las carreteras. Pero sin duda la mayor pesadilla era encontrar gasolina, sobre todo en la tundra siberiana.

Aunque, tras muchas penalidades, el sábado 26 de julio a las seis de la tarde llegaba a París el destartalado Protos que conducía el teniente Koeppen que era recibido con una calurosa bienvenida de los parisinos y las felicitaciones de los organizadores del periódico Le Matin. Al mismo tiempo Schuster y su Flyer llegaban a Berlín donde eran recibidos como héroes en el Imperial Automobile Club, el intrépido mecánico alemán sabía que contaba con un margen más que suficiente para proclamarse campeón. Contaba con los 15 días de gracia que le había otorgado la organización por el incidente de Alaska a los que había que sumar dos semanas más de penalización al Protos por haber utilizado el tren en Estados Unidos. Finalmente Schuster arribó a París cuatro días después como el gran campeón que había recorrido los 35.000 kilómetros empleando para ello 41 días, 8 horas y 15 minutos. El tercer superviviente de la carrera, el coche italiano Zust llegaría a París en el mes de septiembre con la misma satisfacción personal que el resto de participantes en la carrera del siglo.

Esta no solo fue la carrera que dio paso a toda una nueva cultura del motor de competición (a la que debemos hoy en día el circo de F1) sino que significó la victoria final del automóvil como el nuevo transporte de masas. El genio de la comedia cinematográfica Blake Edwards inmortalizó esta mítica carrera en la película La Carrera del siglo de 1965.

Quizás también pueda interesarte:

Si te ha gustado el artículo, deja un comentario.

Deja un comentario.